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    Foro » EUGENIO SIRAGUSA » Eugenio Siragusa, libro: EL ANUNCIADOR » ASI FUE PROGRAMADO EL “ANUNCIADOR” (CAPITULO 2)
    ASI FUE PROGRAMADO EL “ANUNCIADOR”
    bookFecha: Viernes, 2012-12-14, 8:20 PM | Mensaje # 1
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    CAPITULO II

    ASI FUE PROGRAMADO EL “ANUNCIADOR”






    El año 1952 había comenzado bajo el signo de los avistamientos. Desde el mes de enero hasta finales de año, y en Estados Unidos solamente, serían estudiados y clasificados más de tres mil casos. George Adamski, mientras miraba durante la noche del 24 de marzo por su telescopio de 6 pulgadas, intuía todo esto. Sabía que algo imparable se cernía sobre el planeta Tierra y escudriñaba el espacio exterior con mayor ahinco que de costumbre. Sus conocimientos astronómicos y astrológicos le habían puesto alerta. Sabía que a mediados de año, la Tierra y Marte entrarían en oposición y esta proximidad favorecería considerablemente el acercamiento y el contacto de seres del espacio con el hombre. Mientras su mente divagaba sobre esta realidad que intuía, sus manos maniobraban sobre el telescopio. De pronto una bola luminosa se cruzó en su campo de visión. Instintivamente disparó su cámara Hagge Dresden Graflex. A la misma hora, el radar militar de Point Conception, en California, detectaba un objeto no identificado que se movía a enorme velocidad. George Adamski consiguió esta información al día siguiente, a la hora del almuerzo, por personal del propio centro de Observación.

    4. Contacto y compenetración en Sicilia


    Salvando la diferencia horaria, el día 25 de marzo a las seis de la madrugada se producía un acontecimiento paralelo que expresaba un punto fundamental del Programa y elegía a uno de sus protagonistas fundamentales: Eugenio Siragusa.
    Eugenio Siragusa era un hombre fuerte, de tez morena y cabello negro peinado hacia atrás. Al despertarse a las cinco de la madrugada para acudir al trabajo pensó:
    “Me gustaría no tener que ir al trabajo hoy, y quedarme en casa con mi mujer y mis hijos celebrando en paz mi 33 aniversario. No todos los días se cumplen 33 años.”
    Se levantó del lecho, se fue al baño, se echó unas manotadas de agua en la cara para despertarse, se pasó el peine y salió a la calle para tomar el autobús.
    Había niebla cerrada. Se levantó las solapas de la chaqueta, puso bajo el brazo su cartera de mano y enfiló hacia la plaza de los Mártires. Las calles estaban desiertas y solamente se cruzó con otros cataneses que tenían que hacer su camino hacia el trabajo para llegar a las ocho.
    Eugenio Siragusa, sin darse cuenta, iba pasando revista a su vida. Evaluaba sus logros como empleado de Arbitrios y no se sentía ni satisfecho ni defraudado; más bien aburrido, como quien ya se sabe de memoria una lección que tendrá que seguir repitiendo.
    A lo largo del paseo marítimo Eugenio recibió el olor a sal, el murmullo de las gaviotas ya despiertas, el ruido de los barcos varados en el muelle, las olas. Amanecía lentamente sobre un fondo gris. Había llegado a la parada del autobús que le llevaría a su oficina habitual de arbitrios en la isla. Se cobijó en el alero y esperó.
    La calle estaba absolutamente solitaria. No se veía gente, ni movimiento. Era como si un pasillo invisible hubiera dividido la zona del mar y la de la ciudad y él estuviese anclado en medio de ambas, aislado, fuera del tiempo.
    De pronto sintió un zumbido agudo en los oídos. Instintivamente levantó la vista para situarlo. De improviso, procedente del mar, trayendo la dirección de la luz del amanecer, divisó un disco que se acercaba hacia él, velocísimo, de un color blanco mercurio. A medida que el objeto luminoso se acercaba, su brillo y su luz se hacían más intensos.
    El cuerpo físio de Eugenio Siragusa se quedó como hipnotizado, paralizado, mirando sin parpadear en dirección al objeto, cada vez más próximo. A medida que se aproximaba distinguió en el interior de la esfera luminosa una especie de objeto sólido, semejante en su forma a un trompo o un sombrero de sacerdote. De repente se detuvo en el espacio y quedó colgado, inmutable, sobre la vertical del propio Eugenio Siragusa, parado en medio del paseo marítimo, mirando al cielo. Se le había caído la cartera al suelo y miraba hacia arriba en estado de trance. A pesar de que en su interior se encontrase aterrorizado, era incapaz de moverse; sus pies, sus brazos estaban como petrificados. Súbitamente, del objeto, salió una especie de rayo, que tenía la forma de un clavo invertido. La cabeza del clavo fue dirigida hacia él. Sintió que una especie de electricidad penetraba todo su ser. En el acto le invadió una beatitud que nunca había sentido. Su miedo desapareció. Notó que sus músculos físicos se relajaban y que se establecía entre el objeto y su mente una comunicación beatífica, sin ningún contenido concreto, sin que mediase palabra.
    Luego el rayo luminoso se hizo más sutil y al cabo de un tiempo fue reabsorbido totalmente por el objeto. El globo luminoso entonces se agrandó, varió de coloración y el señor Siragusa dejó de ver la masa sólida del centro. En décimas de segundo la esfera luminosa desapareció sobre su cabeza y pudo distinguir, apenas, un puntito de luz en el espacio.
    Había amanecido. La luz solar se tamizaba a través de la niebla y dejaba ver los edificios próximos. Eugenio Siragusa volvió en sí. Miró a su alrededor. Al fondo de la calle apareció el autobús.
    Se agachó para recoger su cartera. El autobús paró, abrió sus puertas y siguió de largo. Eugenio Siragusa dio unos pasos, como borracho, tambaleándose. Sintió unas profundas náuseas en la base del estómago. Miró en derredor suyo. No reconocía su ciudad, la calle, los barcos... Ante sus ojos variaba la geografía de los edificios como si fuesen deformados por una cámara de ojo de pez... Todo le parecía extraño, arcaico, sucio, ajeno a él.
    Aquella mañana, Eugenio Siragusa no fue al trabajo. Regresó a casa caminando y se acostó. Su mujer, Sarina, se alarmó, le hizo preguntas, pero Eugenio Siragusa permaneció sumido en un mutismo total, con la mirada en el vacío...
    Continuaron sus náuseas por un tiempo. Y mientras intentaba situar en su cerebro lo que le acababa de suceder, sintió una voz que le hablaba interiormente. Nunca antes había sentido nada parecido, así que pensó: me estoy volviendo loco... Se pasó la mano por la frente repetidamente. No quiso comer nada en todo el día.
    Durante la noche entró en un sueño profundo y regular.
    Su mujer le observaba atónita, sin saber qué hacer, cómo comportarse. La mente de Eugenio Siragusa fue teletransportada a los archivos akashicos y comenzó a ver, en un estado semi consciente, imágenes de otros tiempos, de otra tierra, de otra generación.

    * * *

    El se encontraba delante de un gran palacio, en una enorme plaza con jardines colgantes. Había una gran multitud de gente, sacerdotes, maestros y adolescentes. Un anciano con larga barba blanca hablaba a la multitud desde la escalinata:
    “Siete veces todo hombre vendrá sobre la Tierra. Ninguno recordará haber nacido antes de ahora. Siete son las generaciones que durará. Después deberá acabar sobre esta tierra y vosotros sois la quinta generación. Siete son las escrituras del cielo y cada generación no tiene más que una por voluntad de Dios. Esta vuestra es la quinta y después deberá acabar. La séptima será la última prueba, y luego vendrá el juicio final. Vosotros sois la quinta generación. Y la semilla de la sexta nacerá de vuestro final. Así está escrito en el gran libro. Muchos de vosotros se convertirán en fuerzas del mal. Sentirán terror, pero no se modificarán. Ni siquiera se apartarán del mal los recién nacidos, porque el maléfico arte de los padres les educará en el error. Y entonces sucederá que vendrá sobre la Tierra el Hombre Eterno y mostrará el poder de su reino. El sol se hará diez veces más grande y se aproximará a la tierra y las aguas invadirán y sacudirán vuestra generación hasta las raíces. Y vendrá el tiempo en que yo me sentaré entre los siete jueces del cielo y os leeré una a una vuestras culpas y quien hubiese pensado hacer mal en mi cuerpo lo verá practicado en su raíz. Arrepentíos, porque todavía es tiempo.”
    Así habló el anciano. Los sacerdotes y los maestros se reunieron irritados, y decidieron un secreto plan para acabar con el extranjero. Miembros de la turba lo agarraron a viva fuerza y lo sacaron de la ciudad, a los campos. Allí un soldado le cortó la cabeza.
    El anciano siguió en pie y se oyó su voz hablar nuevamente:
    “Habéis visto lo que no es dado ver a los mortales en vida. En el futuro del tiempo, Dios obrará en vosotros y en los que procedan de vuestra raíz las mismas cosas. Pero vosotros no entenderéis, ni comprenderéis.”
    Las turbas, al oírle hablar y ver su cuerpo moverse, huyeron despavoridas y entraron en la ciudad. El adolescente que había seguido al anciano y al grupo de gente, se quedó a solas con él en el campo, asustado y atraído por el misterio. El anciano se dirigió a él y se oyó nuevamente la voz:

    - Ven, pequeño mío, porque en mí vive lo que vive en ti. No tengas temor.
    El adolescente respondió:
    - ¿Quién eres tú que siembras tanto dolor y tristeza en mi alma?
    - Yo he venido a la tierra como enlace. Yo no tengo nombre y no soy como tú. De donde yo vengo, la noche es día y el día resplandece. Tú, pequeño mío, dejarás un día aquí sobre la tierra tu cuerpo. Sólo cuando hayas visto lo que el futuro reserva para la séptima generación vivirás nuevamente en el mundo con una faz diferente. Ahora yo te dejaré. Pasará un tiempo antes de que puedas sentir el calor de la verdad en tu alma. Pero te digo aún: en aquel tiempo, cuando hayas retornado entre los hombres de la séptima generación y cuando hayas cumplido 33 años, yo volveré a estar en tu alma y en tus pensamientos y te daré pruebas de que ha llegado el tiempo. Pero antes tendrás que ser testigo de la prueba de esta generación. El sol se hará diez veces mayor. Pero que esto no te turbe. Cuando lo observes, muévete en dirección a Oriente. El camino será largo y fatigoso, pero al final encontrarás a los que llevan el sol en la frente. Allí afiánzate. Allí pasarás el restante tiempo de tu vida.

    Con sus palabras el adolescente se había ido adormeciendo y cayó sobre el campo, al lado del anciano. Al dejar de sentir su voz, despertó repentinamente y no vio a nadie, el campo estaba florecido y llegaba un fuerte olor a nardos.

    * * *

    Al mismo tiempo que el niño, se despertó Eugenio Siragusa. Al lado dormía su mujer. Todavía no había amanecido. Era ya el día 26 de marzo. El catanés tenía 33 años y un día. Se levantó, pasó al comedor y se puso a escribir el sueño.
    Esa misma mañana salió de casa, buscó una papelería y compró unos enormes pergaminos cuadriculados para dibujar. Como si estuviese guiado, diseñó tierras, mares, continentes y puso cifras y nombres que nunca había conocido antes.
    Una semana más tarde pidió sus vacaciones adelantadas en Arbitrios. Se despidió de su mujer y sus hijos y, con una mochila y unos víveres, emprendió un largo camino hacia el volcán Etna.
    Al despedirse, su mujer lloraba. Sus hijos no sabían lo que estaba sucediendo. Eugenio Siragusa dijo:
    - No te preocupes por mí. No me sigáis. Lo que he de hacer debo hacerlo. Cuando lo haya hecho regresaré...
    Desde ese momento Eugenio Siragusa comprendió lo que había sucedido y lo que tenía que hacer. Sus paisanos, desde entonces le cobraron un gran temor, considerándolo loco.

    5. Primer aviso a Washington


    En el aeropuerto nacional de Washington, la noche de 1952, que acababa de comenzar, era una noche como otra cualquiera. Bien. Eran las 11,30 en punto y el tumo de noche de radaristas del aeropuerto había ocupado sus puestos a las órdenes de Harry Barnes.
    El pasado 13 de julio había llegado una noticia procedente de otro centro de vigilancia del espacio aéreo americano. En el estado de Missouri y en el puesto de radar de Kirksville se había producido un fenómeno de avistamiento de objetos no identificados, consiguiéndose fotogramas de radariscopio. El centro militar había dejado filtrar la noticia y ésta había llegado a Washington. Barnes era un hombre realista, daba crédito a lo que veían sus ojos y estaba de acuerdo con el astrofisico Donald Menzel en que podían deberse estos incidentes a inversiones de temperatura o, en definitiva, a impericia de los radaristas.
    Harry Barnes se había acomodado en su sillón de orejas, delante de la patalla mayor de radar. El “sweep” pasaba y repasaba por la pantalla verdosa ante sus ojos. Esperó hasta que la banda completó sus seis pases por minuto. Mentalmente se imaginó la gran antena girando en ese mismo espacio de tiempo y al mismo ritmo, auscultando unos cielos claros, tranquilos, en aquella noche del 19 de julio de 1952.
    En aquel tiempo Estados Unidos poseía una serie de estaciones de radar denominadas “Detection and Early Waming”, entre las cuales se encontraba la del aeropuerto de Washington. El ojo electrónico que eran estos radares podían ver en la más espesa niebla, en cualquier tipo de nubosidad, cualquier objeto que penetrase en el espacio aéreo hasta un radio de 150 kilómetros. La torre en la que operaba Barnes, se ocupaba del feliz aterrizaje y el buen despegue de todo el tráfico del Aeropuerto Nacional de Washington.
    Durante el tiempo que observó la pantalla principal apareció solamente un avión en vuelo dentro del campo de visión del radar. El “blip” apareció en la pantalla de rayos catódicos y fue dando cada diez segundos la posición exacta en que se encontraba.
    En vista de que había poco tráfico, Barnes se levantó de su sillón y se dirigió a uno de los radaristas próximos:

    - Ed, sustitúyeme en la pantalla. Voy a ver al jefe.
    - De acuerdo, Harry.

    Y Ed Nugent ocupó el sillón frente a la pantalla principal. Eran exactamente las 12,30 de la noche. En la pantalla no había ningún “blip”.
    De improviso, Nugent se vio sorprendido. Repentinamente, surgiendo de la nada, siete puntos muy acentuados habían hecho acto de presencia en la pantalla principal. Los objetos se habían colado en la banda en menos de diez segundos...
    Al lado de Nugent trabajaban en sendas pantallas los radaristas James Copeland y Jim Ritchey. Ed Nugent, sin apartar la vista de la pantalla principal, pidió a Copeland, que avisara a Harry rápidamente.
    Harry Barnes entró precipitadamente en la torre. Los siete “blips” seguían en la pantalla principal y en las ojos adyacentes. Harry comprobó cuidadosamente el movimiento. El eco radárico era fuerte, más que el habitual de los aviones y diferente en su comportamiento en la pantalla.
    Harry tomó el teléfono y llamó a la torre de control del aeropuerto. Se puso el operador Howard Cocklin. Harry preguntó:

    - Estamos observando en nuestras pantallas siete “blips” sospechosos y no identificados. Son fuertes y han entrado en un solo paso de banda. ¿Observáis vosotros algo?
    - Sí, - contestó Cocklin -, también están en nuestra pantalla. A través del ventanal veo uno de esos objetos en el cielo. Es como una luz potente y anaranjada de gran tamaño. No sé qué puede ser.

    Mientras Cocklin hacía esta afirmación, uno de los “blips” se destacó en la pantalla de radar con especial fuerza. Había acelerado evidentemente su velocidad en dirección al aeropuerto.
    Barnes comenzó a ponerse nervioso. Telefoneó al Air Defense Command y volvió a fijarse en los “blips” de la pantalla de radar. Los seis restantes radaristas del aeropuerto se habían aglomerado junto a las pantallas; eran: Copeland y Richey, ya citados; Lloyd Sykes, Stewart Dawson, Phill Ceconi, Mike Senkow, Jerome Biron y el propio Harry Barnes. Todos ellos trabajaban juntos desde el primero de enero de 1952 en el Aeropuerto Nacional de Washington.
    Los objetos desconocidos seguían evolucionando ante los atónitos ojos de Barnes. No se pudo contener. Volvió a dejar el radar en manos de Copeland y se fue a telefonear al campo de aviación militar de Meryland. El radarista de Andrews Field le contestó:

    - Nosotros también los hemos detectado; dan buen eco. Los tenemos situados en las mismas coordenadas.
    Harry preguntó:
    - ¿Enviarán cazas para averiguar qué es eso o interceptarlos?
    - Tenemos el campo en obras. Nuestros reactores se encuentran en Newcastle. Ya hemos avisado a la base más próxima.
    Barnes colgó el teléfono. Volvió a entrar en la sala de radares. Los objetos se habían situado sobre la Casa Blanca, el Capitolio y la Catedral de Nueva York...
    En esos momentos despegaba del aeropuerto un DC-4 pilotado por el capitán Casey Pierman. Mientras hacía las comprobaciones anteriores al despegue, desde su cabina, pudo ver una luz blanca-azulada que viajaba de 150° a 0,10°, pero no le prestó atención.
    El capitán Casey Pierinan, de la Capital Airlines, despegó con rumbo 180°, y ascendiendo hasta 1.200'. Después giró a la derecha y se situó en rumbo de 330°. En ese momento conectó por radio con el Centro de Control de Tráfico Aéreo, a través de la Torre de Control.
    - ¡Habla Barnes! Nuestra pantalla de radar indica tres objetos que viajan a gran velocidad. Se aproximan a usted. Desvíese a 290° para interceptar a los objetos.
    - Recibido. Voy a realizar la maniobra, cambio.
    El capitán Casey realizó la maniobra indicada y volvió a conectar con el Centro de Control de Tráfico Aéreo del Aeropuerto Nacional de Washington:
    - ATCC informando a DC-4. Los objetos se encuentran a cinco millas por delante de su aparato... No, están a cuatro... Le han rebasado, están a diez...
    - DC-4 llamando a ATCC. Veo otro avión tipo DC-4 que viaja en dirección opuesta. ¿Me escuchan? El copiloto ve uno de esos objetos de color blanco azulado, que viaja, a una enorme velocidad, unos 25° hacia abajo en dirección suroeste.
    - Estoy a 6.000' de altitud, visibilidad correcta; puedo distinguir las luces de Charles Town. ¡Un nuevo objeto pasa delante de nosotros en estos momentos a una enorme velocidad! Parece estar fuera de la atmósfera...
    - Nosotros en este momento volvemos a tener los siete “blips” en la pantalla, ¿puede verlos usted?
    - Sí, ahora los veo; viajan en forma de triángulo; el que acaba de pasar se les ha unido. Se alejan a gran velocidad...
    - Bien. Déjelo. Regrese a la base.
    Barnes estaba pálido, sus compañeros radaristas le miraban perplejos. Eran las cinco de la madrugada del día 20 de julio de 1952.
    Harry Barnes volvió a salir para tomar el teléfono privado. Conectó con Andrews Field nuevamente. Le respondió el operador Joe Zacko.
    - ¿Sigues teniéndolos en tu pantalla?
    - Siguen aquí.
    - ¿Has encontrado alguna explicación? Se mueven describiendo ángulos imposibles...
    - Hemos calculado su velocidad aproximada. Oscila entre los 7.000 y 12.000 kilómetros hora; no se conoce nada igual...
    Barnes colgó. Estaba al borde de la histeria. Conectó con las bases de la Fuerza Aérea de Boling y Andrews.
    De Andrews le contestaron:
    - Hemos observado los blancos al Este y al Sur de la Base. Tenemos un observador en el exterior y ha distinguido algunos de los objetos de luz anaranjada.
    - Nuestro equipo está dando excelentes lecturas. Podemos trazar cualquier vector si lo consideráis necesario.
    - No hace falta. Hemos recibido instrucciones.
    - ¡Les estamos dando todas las informaciones, y nos dan por respuesta: “hemos recibido instrucciones”! Nos están invadiendo los informes de pilotos en vuelo, ¿qué hacemos?
    - Espere, le paso al oficial.
    - Hemos recibido su información; la estamos pasando a la autoridad superior. Hemos recibido órdenes concretas. No se preocupe. Siga observando los objetos y pásenos cualquier novedad que se produzca.

    Harry Barnes colgó descorazonado. Nunca le había pasado nada igual a lo largo de su carrera. Cuando volvió a su pantalla, los “blips” habían desaparecido como por ensalmo, en décimas de segundo.
    Había amanecido el día 20 de julio de 1952. El caso había pasado a la Dirección de Inteligencia de la USAF, abriéndose un expediente. El expediente estaba constituido por informes del Centro de Control de Tráfico Aéreo, de la Torre del Aeropuerto de Washington y la del radar de control de aproximaciones de Andrews AFB y Boling AFB.
    El mismo fenómeno se había producido en Nueva York a las mismas horas. Se repitió en los mismos lugares varias noches después, la noche del 26 al 27 del mismo mes de julio.
    Al día siguiente la reacción fue general. Sobre el Pentágono llovieron los telegramas. Los diputados pidieron explicaciones en el Congreso y tanto los altos cargos de la USAF como la ATIC se vieron en un grave aprieto. Salieron del paso echando las culpas al mal funcionamiento del radar y la influencia de la temperatura sobre los “blips”.
    Sin embargo, el Cuartel General de la USAF y el Centro de Investigación Técnica Aérea realizaron una investigación sobre los acontecimientos “in situ”, interrogando a testigos presenciales de ambos centros de control, e incluso pilotos de vuelo implicados. En la mañana del 28 de julio aparentemente había pasado la tormenta. Oal menos se había paliado. El coronel Bower y el capitán Ruppert comentaban los informes mientras tomaban el desayuno y ojeaban la prensa de Washington.
    Desde lejos, un reportero de prensa del Washington Post seguía los pasos del capitán E. J. Ruppelt. A toda costa pretendía conseguir elementos jugosos del informe, de cuya existencia se tenían en los medios periodísticos de Washington fuertes sospechas.
    Esa tarde, mientras Rupert estaba de sobremesa sonó el teléfono.
    - Le hablan del despacho del coronel Teaburg. No es necesario que permanezca en Washington durante la investigación. Ya hemos notificado a la Casa Blanca los pormenores del incidente. El tema está vetado para la prensa.
    El capitán Rupert colgó, pero sin llegar a sentarse, recibió otra llamada.

    - Dígame.
    - Soy un periodista del Washington Post. Tenemos informes confidenciales sobre los acontecimientos de las pasadas noches con objetos no identificados. Sabemos que usted participa en la investigación; desearíamos conocer algún detalle, si no la versión entera de los hechos contada por usted. Evidentemente dejaríamos en secreto su nombre.
    - Lo siento. No puedo facilitar ninguna información al respecto.
    - Capitán Rupert, nos conocemos hace tiempo. Llevo toda la mañana intentando conectar con usted.
    - Lo siento. No puedo hacer ningún comentario.
    - Sabemos que están trabajando en un informe sobre unos acontecimientos de vital importancia para la prensa y que el público debería conocer ya...
    - No creo que la Fuerza Aérea oculte información alguna vital para la prensa o para el país.
    - Lo cierto es que usted participa en una investigación al respecto que se lleva con el mayor secreto.
    - No sé si será cierto que se realiza tal investigación. Siento no poder darles mejor información.
    - Capitán Rupert, ¿es cierto que el Aeropuerto de Washington ha detectado numerosos ecos de radar durante estos días? ¿Y que esos ecos han tenido confirmación en avistamientos por parte de pilotos y particulares?
    - No tengo nada que decir sobre el radar. Es un hecho bien conocido, de todas formas, que las imágenes del radar pueden ser alteradas, deformadas o incluso producidas por alteraciones climáticas, por pájaros o por funcionamiento erróneo del equipo.

    Aquí terminó la conversación. La prensa americana nunca pudo explicar lo que había ocurrido aquella noche.
    Los políticos y los militares que ocupaban los puestos de mayor responsabilidad estaban preocupados por dos razones graves: Por el origen desconocido de tales fenómenos y por la presión constante de la opinión pública, cuyas consecuencias eran imprevisibles a largo plazo.
    Los seres del espacio que habían montado por dos noches consecutivas, sobre Washington, estas pruebas malabares, habían querido decir algo importante que ocurrió pocos meses después. Algo que nunca se pudo saber hasta hoy.


    6. Primer encuentro del programa en Arizona


    George Adamski sabía que había entrado en un camino que no tenía regreso. Un camino que debía andar hasta el final. El año 1952 se había convertido, por la serie de acontecimientos en los que había tomado parte, en el año de su especial iniciación.
    Parte de esta iniciación, fueron sus paseos y sus excursiones en solitario desde Monte Palomar al desierto de California. A medida que pasaban los meses sentía interiormente el apremio de algo que le sería inevitablemente revelado.
    Interiormente, tenía la certeza de que antes de terminarse el año se encontraría con alguna de las naves extraterrestres que surcaban el espacio exterior y se aproximaban a la Tierra cumpliendo un programa muy preciso.
    Al entrar en el mes de noviembre, Adamski había sentido que se aproximaba para él un tiempo importante. Como parte de sus excursiones habituales al desierto californiano, programó un viaje con otros amigos para el 20 de noviembre.
    Habían programado un día libre George Adamski, la dueña y amiga del “Palomar Garden's”, Alice Wells, y su secretaria particular, Lucy McGimnis. Los tres saldrían de Monte Palomar antes del amanecer y se unirían a dos matrimonios amigos en la carretera de acceso a Blythe.
    A las cuatro de la madrugada se encontraron en el restaurante “Palomar Garden's”, como habían quedado, George Adamski, Lucy McGimnis y Alice Wells. Ayudaron entre todos a preparar los bocadillos y las bebidas, subieron al coche y enfilaron por la carretera general, en dirección a Blithe.
    Bastante antes de llegar a encontrarse con sus amigos, George y sus amigas pincharon una rueda trasera. George Adamski con la oscuridad no acertaba a quitar la estropeada y sustituirla por la de repuesto. El gato no entraba bien en el lateral del coche y se venía abajo con el peso... Hacía fresco, pero el cielo estaba raso; podían verse las estrellas todavía claramente.
    George Adamski pensó en voz alta:
    - Qué raro que hayamos pinchado aquí. Estamos perdiendo mucho tiempo. Tal vez íbamos demasiado pronto...
    Por fin pusieron la rueda y continuaron viaje; habían perdido algo más de una hora. Llegaron a las afueras de Blythe a las 7,30 en lugar de las 6 ó 6,30, como habían quedado. Dentro del coche les esperaban dos matrimonios amigos de Arizona. Eran el señor Albert Pailey y su señora y el doctor George Williamson y su esposa. Los dos coches entraron en la ciudad de Blythe, se pararon en un bar de la ciudad y mientras desayunaban decidieron el programa del día. Iban provistos de mapas, telescopios, cámaras fotográficas y prismáticos. Adamski dijo:
    - Siento que deberíamos tomar la carretera de Parker y enfilar hacia el desierto. Algo me impulsa en esa dirección. Hasta ahora, la experiencia que tengo me indica seguir siempre mi inclinación interior y nunca me equivoco.
    - Entonces vayamos en esa dirección - apoyó el doctor Williamson -. Es igual un camino que otro y tú eres realmente el que debes marcar la pauta a seguir.
    Se levantaron, salieron del bar y tomaron la carretera que conducía a Desert Center. Al llegar a la altura de Desert Center, se desviaron a la derecha, siempre siguiendo la intuición de George Adamski, y tomaron la carretera que iba a Parker. Los dos coches se pararon a la altura del kilómetro 18.
    George Adamski se destacó un poco del grupo. Oteó el horizonte. Volvió a unirse al grupo. Hacía sol. Eran aproximadamente las 10 y 30 minutos de la mañana. George Adamski dijo, dirigiéndose a sus amigos:
    - Continúo pensando que algo importante vamos a ver hoy. Algo me dice en mi interior que estamos a punto de conseguirlo...
    El suelo era volcánico, sin vegetación. Cerraron los coches y anduvieron errantes, de un lado para otro. De vez en cuando miraban al cielo, otras veces inspeccionaban el horizonte con los catalejos... Nada.
    A eso de las doce, pasó sobre ellos un bimotor. Lo obsevaron hasta que desapareció en el horizonte. Volviron a los coches y se tomaron los bocadillos que habían preparado Alice en el restaurante antes de salir. Hacía buen tiempo.
    Volvieron a pasear por los márgenes de la carretera. Adamski observaba con sus catalejos hacia la vertical de la bóveda celeste; cuando los iba a retirar lo vio. A mucha altura, enorme, tropezó con una nave alargada, del tipo de la que había fotografiado en California en marzo de 1951. Se apartó los catalejos y la distinguió a simple vista. Adamski se dirigió a los demás y dijo simplemente:
    - Ya están ahí, mirad.
    Utilizando los dos catalejos observaron la nave detenidamente. El doctor Williamson consiguió identificar un emblema en el lateral. No pudo situarlo dentro de sus esquemas, a pesar de haber sido piloto de vuelo en la Segunda Guerra Mundial.
    Volvió a intervenir George Adamski y dijo:
    - ¡Pronto! Tengo la impresión de que hoy me encontraré con los tripulantes de esa nave. Vamos al coche. Llevadme fuera de la carretera. Creo que vienen a encontrarnos y no se acercan más para evitar el que puedan vernos los que pasen por la carretera...
    Lucy tomó el coche y condujo hacia el interior del desierto a George Adamski y al señor Pailey. Mientras Lucy conducía, Adamski y Pailey seguían las evoluciones del objeto con la mirada, con las ventanillas bajadas... Tenía un enorme halo anaranjado en tomo. Recorrieron un largo trecho por el desierto hasta que el coche no pudo seguir. Pararon y comenzaron a sacar del portaequipajes el instrumental que Adamski llevaba para su trabajo: un telescopio de seis pulgadas, un trípode, una cámara KodakBrownie, los accesorios para el telescopio, placas de fotografías... Una vez situado el instrumental, Albert y Lucy se apartaron unos metros de donde estaba Adamski para reunirse con los restantes del grupo, que se habían ido acercando más despacio.
    La astronave se detuvo en la vertical en que se encontraba George Adamski con sus aparatos. Unos minutos después se produjo como un destello en el aparato y apareció un disco pequeño de unos 12 metros de diámetro. Descendió casi verticalmente, sin ruido alguno, sobre el terreno. Podía percibirse un leve zumbido en los oídos, casi imperceptible.
    Una vez aterrizado, fue visible su forma sólida. Tenía idéntica forma a otros que Adamski había visto y fotografiado. Enfocó su cámara y disparó sus siete placas. Estaba aproximadamente a unos 500 metros de donde Adamski se encontraba y unos 800 del resto del grupo.
    Cuando Adamski retiró su cara del objetivo de la Kodak, vio una forma humana que se apartaba del platillo y le hacía gestos con un brazo en alto. George Adamski le obedeció instintivamente y comenzó a caminar en dirección al ser que había descendido del platillo. Cuando estuvo a unos metros vio perfectamente sus facciones, su vestimenta. Adamski lo describiría así después:
    Era un hombre bello, joven, de un cutis barbilampiño, de cabellos largos hasta la espalda, rubios, de nariz prominente, ojos verdes, manos delgadas, mediría un metro setenta o setenta y cinco... Llevaba un traje brillante, marrón, con un cinturón de unos veinte centímetros, dorado, unos botines flexibles de color rojo y acoplados al buzo por otro anillo dorado...
    El ser que había bajado en el disco, hizo señas a Adamski para que se acercase más; le tendió la mano. Adamski fue a estrechársela, pero el visitante le rozó simplemente la palma. Adamski se quedó parado, embebido ante la aparición y el encuentro. Por fin logró articular una palabra. Adamski preguntó en inglés:

    - ¿De dónde vienes?
    El extraterrestre movió la cabeza en sentido negativo... Adamski comprendió que debía comunicarse de modo telepático. Se concentró y señaló al Sol.
    El extrarrestre sonrió. Adamski comprendió que ese era el camino para entenderse y continuó pensando. Representó en su mente Mercurio y trazó una órbita en tomo al Sol. El extraterrestre no respondió. Trazó otra nueva órbita, la dibujó con la mano y pensó en Venus. Trazó otra nueva órbita y señaló la tierra, el suelo...
    El extraterrestre volvió a sonreír. Señaló el Sol, describió un círculo en el aire, luego otro, y se señaló a sí mismo como parte del segundo círculo. Adamski entonces dijo en inglés:
    - ¿Venus?
    El extraterrestre asintió con la cabeza. Adamski continuó el diálogo realizando sus preguntas mentalmente y recibiendo las respuestas en idéntica forma; cuando era necesario, se ayudaba de algún gesto descrito en el aire o sobre el suelo.
    Adamski preguntó:
    A. -¿Cuáles son los objetivos de vuestros viajes?
    E. - No venimos con fines agresivos o violentos. De vuestro planeta nos llegan radiaciones perniciosas y fuertes, fruto de las continuas pruebas atómicas. Estas radiaciones afectan también al espacio exterior. Si continúan vuestras explosiones, conduciréis vuestro planeta Tierra a una enorme catástrofe...
    A. - ¿Cómo viajáis en el espacio?
    E. - Utilizamos grandes astronaves como la que has visto y como las que tienes fotografiadas. Son portadiscos que nos permiten viajes interplanetarios con plena comodidad y rapidez. Desde la nave podemos enviar otros discos tripulados o guiados electrónicamente a distancia.
    A. - Qué fuerza utilizan vuestras naves?
    E. - La energía magnética, la energía solar.
    A. - De dónde proceden las naves que vemos?
    E. - Algunas de Venus, otras de otros planetas del Sistema Solar, o de otros sistemas planetarios de la galaxia.
    A. - Por qué no aterrizan en las ciudades terrestres y establecen contacto oficial con nosotros?
    E. - La humanidad no está todavía preparada. Nosotros no queremos causar ningún tipo de daño a la especie humana y si el encuentro se produjese de modo brusco, produciríamos una terrible revolución.
    A. - ¿Hay algunos hombres en contacto con vosotros?
    E. - Sí, los hay. Algunos han sido llevados de la Tierra voluntariamente a otros planetas. También hay entre vosotros seres de otros planetas en viaje de investigación y estudio, visten como vosotros y no los podríais distinguir... Graba bien el mensaje, que hoy te traigo; es de vital importancía para el desarrollo de nuestro contacto con el planeta Tierra. Se lo deberás llevar de modo privado y personalmente hacérselo llegar a las autoridades máximas de tu país. Utiliza el vehículo que ya conoces en el Pentágono...
    Adamski preguntó mentalmente ¿debo escribirlo? El ser del espacio respondió de modo telepático:
    E. - No hace falta que lo escribas, hazlo cuando llegues a casa; se te grabará en la mente de modo indeleble...:
    La Confederación ha dado permiso para realizar una prueba física ante las autoridades de las dos superpotencias del Planeta. Una de las pruebas tendrá lugar en el Aeropuerto Nacional de Washington el 25 de diciembre próximo. Deberán asistir autoridades máximas del poder civil, militar y religioso. La prueba, si es bien aceptada y difundida, facilitará el desarrollo de un programa de ayuda de la Confederación de la Galaxia con vuestro Planeta.
    Luego el extraterrestre se encaminó al disco. Adamski hizo mención de seguirlo. El extraterrestre se volvió y le ordenó mentalmente no seguirlo, porque sería peligroso para su físico.
    El disco era semejante a una campana casi de cristal. En el interior se distinguían bultos que se movían. El aparato no estaba posado en el suelo, flotaba a unos 30 ó 50 centímetros del terrenos volcánico del desierto. La cúpula era parecida a un anillo oscuro y terminaba en una bola.
    El extraterrestre se llevó una de sus placas fotográficas y le prometió devolverla en el próximo encuentro. Le indicó que algún día podría entrar en uno de sus discos...
    El extraterrestre subió por una portilla metálica al disco; éste se cerró, aumentó su brillo, se comenzó a elevar lentamente en sentido vertical.
    Los amigos de Adamski se habían aproximado. Adamski vio que la nave tenía dos anillos que giraban el uno en el sentido de las manillas del reloj, el otro en sentido contrario. Debajo del disco había como tres esferas metálicas... El disco se alejó hacia la astronave en unos segundos. La nave lo reabsorbió y partió describiendo un ángulo de 90 grados a una velocidad de vértigo.

    Estaban todos como traumatizados. No hablaron nada. El doctor Williamson tomó yeso y copió las huellas que había dejado el extraterrestre en el suelo del desierto.
    El encuentro había durado más de una hora. Recogieron el material que habían utilizado. Subieron a sus coches y regresaron. Cada uno tenía una impresión fuertemente grabada en su interior y en su mente.
    George Adamski repetía mentalmente el mensaje que tenía que hacer llegar al Pentágono y a la Casa Blanca.
    Por primera vez le sucedía algo extraño: Veía el mensaje escrito como en una pantalla que salía de su cerebro... No lo podría olvidar...
    Se había cubierto otro aspecto del programa “Saras”: Utilizar a un ser humano en la ejecución del programa. Un hombre que había sido preparado y sensibilizado previamente para tal cometido...
    Adamski supo de modo claro y definitivo que esta verdad era superior a él y que cambiaría su vida, sus relaciones con los demás habitantes del planeta y por supuesto sus relaciones con las autoridades americanas... Pero así lo había aceptado y no le importó lo que sucediese en el futuro. Lo que él y sus amigos habían visto y presenciado era cierto y lo haría saber, le dejasen o no, se lo creyesen o no.

     
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