OBJETIVO SILLARHUASI - Foro
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    Foro » SIXTO PAZ WELLS » Sixto Paz Wells: LOS GUIAS EXTRATERRESTRES Y LA MISION RAHMA » OBJETIVO SILLARHUASI (CAPITULO 17)
    OBJETIVO SILLARHUASI
    bookFecha: Sábado, 2013-03-23, 6:30 PM | Mensaje # 1
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    http://es.scribd.com/doc....restres


    CAPITULO XVII

    OBJETIVO SILLARHUASI






    Los grupos poco a poco fueron valorando los errores en la medida en que se cometieron, comprometiéndose a reintegrarse lo más antes posible al trabajo concienzudo de preparación, con la finalidad de estar dispuestos a cumplir con las comunicaciones dadas y viajar así en el siguiente Agosto (1976) hacia el Cusco, para recepcionar lo que los Guías habían prometido para Agosto del 75, confiados en que la invitación seguía en pie y sólo bastaba coincidir el mes; aquel sería el gran descuido de 1976, cuando con la mejor intención no se quisieron recibir más mensajes pensando de que todo estaba dicho y que habían dejado de hacer por lo que primero debían concretarse. No se esperó entonces, a que se volviesen a dar las condiciones adecuadas sino que simplemente se fue tratando de recuperar el tiempo perdido.

    Las comunicaciones que durante el primer año habían sido continuas, fueron espaciándose en el año 1975 hasta escasear casi totalmente a comienzos de 1976, época en que se revalorizó el contenido de las comunicaciones de los mensajes dedicándonos a estudiarlas, pero sin la confianza ni el apoyo para recibir otras. Esto fue un error porque sin mensajes actualizados no podíamos saber qué de todo lo dejado se debía de efectuar y en qué momento, porque no es cuestión tampoco de querer responder cuando uno quiera hacerlo sino que hay que esperar porque todo tiene su tiempo y su momento y que puede y vuelve a repetirse. La prueba sería entonces "saber esperar", pues ellos nos habían esperado primero.

    El año 1976 comenzó con actitudes muy positivas de los grupos, reimprimiendo el Informe del Contacto, del que se sacaron alrededor de trescientas copias, que como en la vez anterior, se distribuyeron totalmente y de forma gratuita porque la intención era compartir y difundir sin que nadie se beneficiara más que la propia Misión al ser difundida. Ese año empecé a viajar por el interior del país dando cumplimiento a comunicaciones, sueños y visiones que llegarían a verificarse hasta el mínimo detalle. Recuerdo especialmente cómo al terminar una charla que diera, al retirarse el público, quedaron sentados hombres al fondo del salón como esperando que se despejara el recinto. Ya para retirarme, se levantaron y me atajaron felicitándome por el contenido de la conferencia; les agradecí de inmediato su interés y compañía, a lo que ellos contestaron que les agradaría mucho que les diera una conferencia a sus compañeros de trabajo, por lo que si aceptaba, pondrían a disposición mía los medios para transportarme hasta su centro laboral. Pensé inicialmente que era algo local, por lo que no dudé en aceptar de inmediato, la sorpresa llegó cuando el día fijado llegó una movilidad para trasladarme al Aeropuerto, ya que la avioneta estaba lista para partir hacia el puerto de Ilo de donde me llevarían a las minas de Cuajone y Toquepala, a más de mil kilómetros al sur de Lima. Resultaba ser que ambas personas eran el Gerente de Cuajone y el Ingeniero en Jefe del lugar, quienes ansiosamente esperaban que sus compañeros conociesen de la Misión RAMA.

    Cuando supe que todo se llevaría a cabo en una mina, recordé cierto sueño que había tenido cuatro meses antes y en el que un hombre bajo, de piel cobriza y nariz aguileña, me aguardaba al borde de una camioneta blanca para llevarme hasta lo alto de una montaña por una ancha carretera, llegando a un mirador, detenía el auto y me explicaba, señalando que aquello que se veía debajo y a la distancia era una mina de tajo abierto. Esto con todo detalle y nitidez lo había soñado con mucha anticipación, por lo que me extraño la coincidencia de mi destino que era un asiento minero. De Ilo me llevaron a la ciudad de Moquegua, Capital de este Departamento, cambiando allí de automóvil, subiendo justamente a una camioneta blanca que manejaba el chofer de la Gerencia. Este hombre, de nombre Daniel Terrones, era bajo, de color cobrizo y nariz aguileña, había sido 16 años camionero en Cajamarca, viniendo después con su familia a establecerse en Toquepala.

    Rápidamente me llevó por una carretera ascendente hacia el área de la mina, donde después de ascender una cuesta, aparco la camioneta en el mirador desde donde se contempla toda la mina, explicándome que era de tajo abierto. Fue allí que reaccioné relacionando todos los detalles de mi sueño con lo vivido; mi asombro y emoción debieron de ser muy expresivos porque Daniel me preguntó qué me ocurría. Sin importarme si me creería o no, le conté aquella extraña experiencia del sueño cumplido. Daniel en vez de asombrarse, sonrió, contándome a su vez una experiencia muy personal que tenía buen tiempo de haberle ocurrido y justamente relacionado con sueños.

    Resultaba ser que Daniel Terrones había sido anteriormente un hombre muy mundano, algo típico de nuestra idiosincracia, amigo del licor, las mujeres y las juergas. Su familia, bastante descuidada en ese entonces por él, sufría mucho y se había refugiado en el Evangelismo como tabla de salvación, desde donde dirigían oraciones para que el padre cambiara. Del descuido había derivado a la violencia, impidiendo que oraran o realizaran la mínima experiencia religiosa; fue en este momento en que tuvo un sueño que le cambió su vida, al ver a Dios en la persona de un niño, según Daniel.

    Me sentí maravillado al escuchar el relato del "hermanito Daniel” como le conocen en la mina. A partir de la fecha había cambiado radicalmente en su forma de ser, dejando de lado todos los vicios y debilidades, transformándose asombrosamente en un hombre hogareño frente a la incredulidad de sus propios conocidos, llegando a cultivarse como buen padre y mejor ejemplo en todo hacia todos. Me contarían después que durante las comidas en los comedores de obreros, todos esperan que Daniel dirija la oración de agradecimiento, bendiciendo los alimentos y dando lectura a algún pasaje bíblico.

    En aquel momento llegué a preguntarme ¿qué podía estar haciendo yo en aquel lugar dando cumplimiento a un sueño? Estaba a punto de dar una charla a ingenieros peruanos y extranjeros y no tenía la menor preparación para hablarles de ningún tema, sin embargo, había en mí la confianza de siempre en que las palabras vendrían por sí solas. Como no hallara explicación de inmediato a todos los interrogantes que afloraban en mí, me preocupé de absorber todo lo que viniera a continuación y que pudiera arrojar luz sobre todo esto. De lo que sí estaba cada vez más seguro era de estar haciendo lo justo en el lugar adecuado y con las personas correctas, siendo guiado por extrañas e incomprensibles fuerzas positivas.

    La primera reunión se realizó en Villa Cuajone, en la casa de Víctor Barúa, dentro del área reservada a las familias del personal de la Mina. Al término de la misma, algunos de los asistentes intrigados por la soltura y el derroche de conocimiento a pesar de la corta edad de mi persona, preguntaron, ¿como podía ser que supiera tanto y que pudiera exponerlo tan bien de manera que cada uno había recibido lo que necesitaba? Evitando envanecerme con los halagos - cosa que es bastante difícil- fui sincero al manifestarles que jamás preparaba las charlas, porque no hablaba de lo que había aprendido solamente; sino de lo que había llegado a vivir en tan poco tiempo al lado de los Guías, procurando en todo momento ser sólo un medio e instrumento que reflejase la Misión. La autoridad con la que me expreso en las charlas viene de la convicción de estar difundiendo desinteresadamente la verdad.

    Recuerdo que en aquella ocasión todos quedaron muy contentos al igual que yo, ya que con su sencillez todos los asistentes me demostraron su original espiritualidad, espontánea y silvestre que podría llegar a ser cultivada.

    Al día siguiente de la reunión, entré al ritmo de la mina, ajustando poco a poco las disponibilidades de tiempo ya que abundaban las invitaciones para almorzar, comer, conversar y charlar con amigos y familiares de los integrantes del grupo. Hobo también variedad en las actividades al prestarse gentilmente muchos de los ingenieros a movilizarse por dentro y fuera de la mina a lugares impresionantes; en aquellos días por el trato continuo con las personas del grupo, fui depositario de muchas expectativas, ansiedades y problemas familiares como personales de todos ellos. Quizás había sido necesario que alguien, que sólo estaba de paso, apareciera en aquel tiempo y obrara como un "muro de los lamentos" para aquellos seres humanos, aislados en la desolación de la cordillera, se libraran de la tensión y parte de aquella soledad. A todos aquellos les quedo muy agradecido por su confianza y amistad, porque hicieron que aquella etapa de mi vida tuviera sentido y valiera la pena ser vivida al poder dedicarla al servicio de los demás.

    Entre una de las últimas actividades que se habían programado durante mi estadía fue la de un paseo con el Ingeniero Víctor Galarreta por la zona alta inmediata a Cuajone, donde se encuentra la laguna de "Suches". En aquel sitio me sentí profundamente tocado por una emoción indescriptible al contemplar hacia lo lejos, los nevados que señalan la ruta a Puno, camino por el cual podríamos llegar hacia Sillarhuasi.

    Para la última reunión se convino citarse todos en la casa del Ingeniero Víctor Ruiz, con cuya familia había pasado momentos muy intensos y de quienes había recibido un cariño inmerecido. En esa ocasión los asistentes llegaron, como nunca, bastante atrasados y algo nerviosos porque resultaba que aquella noche uno de los ingenieros norteamericanos había sufrido un accidente desbarrancándose en su camioneta, cayendo a un abismo de regular profundidad. Le habían hallado aún con vida entre los fierros retorcidos, encontrándose ya en aquel momento en cuidados intensivos en el Hospital de la mina; de allí lo pasarían a observación, pero todos dudaban de que sobreviviera y si lo hacía, muchas partes de su cuerpo se hallaban bastante comprometidas entre ellas seriamente el ojo derecho.

    Me contaron los pormenores del caso e inmediatamente hice consulta con los Guías a través de la comunicación, los cuales me dijeron que podríamos ayudarlo a nivel astral y que ellos nos dirigirían. Se lo hice saber a los allí presentes, creando una gran expectativa por ver los resultados. Preparé el ambiente con una mantralización de la palabra RAMA y AMAR y, luego de ejercicios profundos de relajación, hice que todos entraran en un estado altamente sensibilizado para que pudiesen desdoblarse conscientemente. Rápidamente me encontré fuera de mi cuerpo orientándome hacia el hospital donde busqué al accidentado. Lo encontré medio dormido y le hablé, a lo cual respondió desdoblándose también; le dije que debía superar su estado y que no perdería el ojo, ya que estaba recibiendo ayuda, a lo cual manifestó su agradecimiento.

    De regreso a la reunión salimos del estado de concentración en el que nos hallábamos y les relaté a todos los presentes, los detalles y pormenores de la insólita entrevista. Les llegué a describir a la persona tal y como la había visto, por lo que todos sonrieron, no pudiendo ocultar su alegría, confirmándose así que todo coincidía exactamente. Despedimos la reunión, quedando para el día siguiente hacer una visita al hospital, de ser posible antes de marcharme. Muy temprano en la mañana, me despertó el mismo Ingeniero Barúa, quien me llevó en su camioneta. Mientras manejaba, su rostro mostraba una inocultable satisfacción, por lo que no pudiéndose contener me dijo que el ingeniero norteamericano estaba muy bien y que no tenía ni un solo hueso fracturado, ni tampoco perdería el ojo afectado. .

    Al detener el automóvil frente al hospital, me recalcó que el lesionado siempre se había destacado por su buena memoria. Aunque no sabía a qué venía dicho comentario, me quedé muy contento de que se hubiese hecho efectiva la ayuda de los Guías a través de nosotros. Entrando por un espacioso recibidor, fuimos directamente a la habitación; en la puerta nos encontramos con el doctor, quien aún no salía de su asombro, ya que el accidentado ni siquiera tenía una sola fractura cuando hasta ayer no se sabía si sobreviviría. Entramos en la habitación y allí estaba el corpulento hombre rubio y colorado, todavía bastante golpeado pero sano ¡y era tal y cual lo había descrito!

    EI Ingeniero Barúa le pregunto inmediatamente cómo se sentía, a lo que éste contesto: "Bien", luego le consulto sobre mi persona a lo cual respondió: "Claro que lo conozco, pero ahora no recuerdo, de donde". Víctor Barúa le dijo que sería una larga historia y que en otra oportunidad se lo contaría al detalle.

    Nos despedimos del accidentado y una vez afuera, Víctor Barúa mirándome a los ojos me dijo: "Hasta hoy todo en mí era entusiasmo e interés por saber, pero de ahora en adelante podré asegurar que es convicción...Hemos aprendido mucho de ti y te lo agradecemos, sabemos que sólo eres un instrumento pero cuan necesario y útil.”

    Me sentí algo avergonzado pero muy feliz de haber servido para alumbrar en algo sus vidas. La despedida final fue muy emocionante porque cada familia me quiso tener en su casa aunque fuera por escasos minutos. Tanto fue lo que sentí en aquel momento que comprendí que quien nada busca recibir ni nada desea para sí y dándolo todo por amor a la entrega, sólo él llega a la verdadera riqueza que por sí sola llega como recompensa y que no es otra que la felicidad de ser útil.

    Motivado por la excursión a "Suches", revisé las comunicaciones pasadas que hablaban sobre la historia de RAMA y en ellas claramente se hacía referencia a Agosto como el mes clave pare realizar una serie de viajes que consolidarían la Misión. Inmediatamente puse en funcionamiento a todo el grupo que trabajaba conmigo pare iniciar la "operación viajes". La intención sería buena pero adolecía de una serie de errores u omisiones que serían vitales para que aquellos viajes cumplieran los objetivos para los cuales fueron propuestos, entre estos errores estaban:

    1. Partíamos de comunicaciones desactualizadas.

    2. No intentamos ni siquiera recepcionar nuevos mensajes que avalaran nuestra iniciativa

    3. Pensábamos que la Misión no avanzaría si es que no cumplíamos antes con aquello que se había dejado de hacer, por lo que los hicimos sin esperar a saber si correspondía al tiempo adecuado y a las condiciones necesarias.

    4. Tomamos sólo en cuenta el mes de Agosto como punto de referencia y nuestras posibilidades de viaje.

    Estábamos olvidando que Agosto de 1975 había sido declarado por los Guías como propicio, porque especialmente ese año era el año "Semiótico" o año de los Símbolos, cierre de un ciclo y apertura de otro.



    Hicimos en los meses anteriores una serie de actividades que nos pudieran ayudar a financiar la expedición hasta el Cusco. En aquel entonces llegamos a cometer una arbitrariedad propia de nuestra vehemencia por cumplir, haciendo primero el viaje a Huarochirí y un mes antes de Agosto, ya que había facilidad para efectuarlo en Julio y pensando que no sería tan importante el orden de los mismos.

    Fuimos a Huarochirí en una Combi Volkswagen de los padres de Lilian Ratoliska, camioneta que era manejada por Javier Barbagelata (ambos llegados a RAMA a fines de 1974), en los tiempos de mayor difusión, siendo entre los pocos que, una vez que se calmaron los ánimos por la persecusión, se reintegraron formando grupos. El cuerpo expedicionario lo componían trece personas, ninguna de las cuales conocía el lugar de destino, aunque uno de los muchachos presentes, Rafael Goytisolo de los grupos de mi hermano Charlie, había recorrido anteriormente parte de aquella ruta.

    Fueron largas horas de permanente ascenso por el camino de herradura que parecía no tener fin en aquellas escarpadas laderas de las montañas. Inexplicablemente durante el camino se sucedieron gran cantidad de visiones y comunicaciones mentales entre nosotros que escapaban a toda coincidencia, como si con el viaje nos estuviésemos acercando a una fuente de energía poderosa.

    Llegamos a un lugar que lo fijó el mismo kilometraje de la camioneta y que había sido intuido desde un inicio como al que le correspondería dicha numeración. Entramos a campo traviesa por una extensa meseta en lo más alto de aquella cordillera hasta llegar a unas rocas al pie de una pequeña cueva. En ese sitio tuvimos una gran cantidad de percepciones y experiencias indescriptibles, muchas de ellas de carácter personal, pero no llegamos a recibir nada concreto ni material que se relacionara con los símbolos.

    Para el mes de Agosto avisamos a todos los grupos por donde se realizaría nuestro recorrido pare así poder contar con su apoyo y colaboración encontrando a los diversos grupos ávidos de brindar su ayuda, dándonos una calurosa acogida como fue el caso de Cuajone, donde sin habérselos pedido los hermanos en Misión nos facilitaron gratuitamente provisiones y el transporte para la mayor parte del viaje.

    Las personas que partimos de Lima fuimos: Rafael Goytisolo, Aurelio Villar, Javier y Agustín Barbagelata, Rubén Herrera, Julio César Chingolo y yo. Todos nos habíamos preparado un mes antes para soportar bajas temperaturas y altitudes de hasta 5,000 m.s.n.m.; por intermedio de miembros de RAMA y cuya profesión es la medicina, cada uno de los expedicionarios fue examinado totalmente en un hospital, controlándose la presión, corazón y la sangre

    De Cuajone se iniciaría el viaje por la Cordillera hasta Puno, de allí seguiríamos hasta el Cusco; con un destino final a "Sillarhuasi", cerca del centro poblado de Velille donde Rafael Goytisolo había realizado trabajo de campo con las Misiones de la Iglesia Católica, por lo que conocía en parte el terreno.

    Sillarhuasi había sido mencionado en una sola comunicación en la historia de la concepción de la Misión, especificándose las coordenadas y ubicación que al ser posteriormente cotejada con el mapa oficial, coincidía exactamente con un lugar de igual nombre en una escarpada zona del Cusco. Sillarhuasi significa simplemente casa de Sillar, que es una piedra blanca de origen volcánico.

    La despedida desde la mina de Cuajone fue especialmente alentadora ya que todos los grupos del Perú estaban pendientes de aquella salida que tenía un sentido muy profunda por querer cumplir con los planes de la Misión que se mantenían inconclusos hacía ya un año, pero debido a la falta de dirección de parte de los Guías el resultado aunque fuera positivo fue bastante limitado.

    La sorpresa que nos habían reservado los del grupo de la mina fue que consiguieron que fuera Daniel Terrones para acompañarnos como representante del grupo, a la vez que sería chofer de la movilidad, que tan gentilmente nos había prestado el Ingeniero Víctor Ruiz y que era una hermosa campera o casa rodante.

    Al partir, nos dirigimos por la ruta que asciende a la laguna de Suches siguiendo el camino que lleva a Puno y que en aquel entonces, Agosto de 1976, se encontraba íntegramente cubierto de arroyuelos y nieve. A pesar de la preparación que se había seguido rigurosamente y de la dieta casi franciscana, el estómago de más de uno comenzó a sufrir durante el trayecto.

    Pasamos por Pucará, Ayaviri, Puno, Juliaca, para llegar a Sicuani donde nos desviamos para llegar a Velille, último poblado antes de Sillarhuasi. En el trayecto pasamos por toda clase de lugares inhóspitos, paisajes maravillosos y, escalofriantes abismos, perdiendo en innumerables oportunidades el camino que en algunos trechos pasaba a ser una simple huella que terminaba en un anchuroso río al quo había que vadear. En un determinado punto, Daniel detuvo la camioneta para ponerle agua, mientras todos bajamos siguiendo la iniciativa de Agustín. En lo que estiramos las piernas, Agustín regresó de una pequeña caminata muy exaltado, ya que había visto una grieta profunda, de la cual salía vapor. Al acercarnos todos pudimos observar que allí abajo había una gran caverna con aguas subterráneas en el fondo. Uno a ano empezamos a descender por la parte más accesible de las salientes de roca en las paredes; llegando al pie de un extenso río subterráneo de agua hirviendo. En medio del vapor y la penumbra se podían distinguir un sinnúmero de estalactitas y estalagmitas que del techo y del suelo salían, formando gran variedad de esculturas naturales y entre las rocas brotaban los géiseres lanzando chorros de agua. Como desde aquella ubicación - una gran roca en la orilla del agua- no podíamos avanzar, volvimos a subir y tratamos de buscar otra entrada. Caminamos en la superficie un kilómetro hasta que hallamos la entrada a la caverna de donde salía aquel manantial pero ya como un respetable río. Nos introducimos dentro de la misma, apoyándonos en los costados de la roca, que también hervían, convirtiéndose el Carbonato de Calcio al salir al contacto con el aire en formas caprichosas en las paredes. En el ambiente se respiraba un fétido olor a azufre, que en determinado momento --por su intensidad- hería el olfato y la visión, haciéndonos toser.

    A unos quinientos metros de la entrada aparecía en el techo el primer tragaluz que aclaraba el recorrido, por lo que seguimos avanzando y hallamos una pequeña plaza con estrechos cuartos de piedras sobrepuestas. Ese lugar estaba habitado o se prestó en algún momento como recinto de carácter mágico -religioso, ya que en las paredes habían pinturas rupestres de triángulos amarillos y rojos.

    A pesar de hallarnos entre nevados y con una temperatura de ambiente en la superficie bajo cero, nos encontrábamos allí transpirando. En nuestro intento por seguir avanzando, pasamos por debajo de puentes naturales de roca caliza a más de diez metros bajo tierra. La bóveda parecía un alfiletero porque ias estalactitas mostraban sus puntiagudas formas. Después de mucho caminar, llegamos a salir al exterior por un extremo del túnel hacia un sitio a manera de anfiteatro rodeado de muros preincaicos en medio de los cuales habían grandes géiseres y sobresalía una evidente escultura tallada por el hombre. Era una gran roca esculpida como una mano con tres dedos iguales; su base era estrecha mientras que a la mitad se anchara mostrando tres gruesas formas que apuntaban hacia lo alto. A simple vista podía verse que se trataba de la escultura de tres ancianos cubiertos con capuchas, como los monjes, dándose la espalda mutuamente y mirando en distintas direcciones.

    Quedamos muy impresionados por aquello, recordando que los viajes debían incluir como decían las comunicaciones, el encuentro con los "Tres Ancianos de la Caverna". . . por lo que era justo pensar que ello podría ser un aviso o una señal. '

    Reanudamos la marcha hasta llegar finalmente a Velille. El pueblo lucía un ambiente de fiesta, la cual celebraban en medio de una gran algarabía y exceso de licor; pudimos apreciar que a los vecinos no les agradó que llegaran extraños a la mitad de su celebración, haciéndonos fácilmente interpretar su rechazo. Por lo que con las mismas regresamos unos cuantos kilómetros por donde habíamos venido. A la salida del poblado comentamos entre nosotros la agresividad y tensión quo habíamos despertado en aquella gente. En aquel momento, Aurelio, señaló al cielo para que todos observásemos como entre las nubes se formó una flecha perfecta, luego un tridente y finalmente un número cuatro, símbolos que interpretamos como indicándonos la ruta a seguir.

    Daniel hizo cruzar la campera por un río poco profundo, lleno de cantos rodados, dejando finalmente estacionado el auto en medio de unos grandes corrales, rodeados de pircas. Pasamos allí la noche, inventariando todo el equipo que llevaríamos cada uno en las mochilas al día siguiente; Antes de retirarnos a descanar, salimos bien abrigados a contemplar fuera el maravilloso cielo estrellado. Lo que vimos inmediatamente fueron extrañas luces sobre la montaña y luego dos pequeños discos que a gran velocidad viajaban en línea horizontal una tras otro, dirigiéndose en la ruta que seguiríamos en la mañana.

     
    bookFecha: Sábado, 2013-03-23, 6:51 PM | Mensaje # 2
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    (CONTINUACION...)




    Al acostarnos quedamos de inmediato sumidos en un sueño muy profundo y al despertarnos muy temprano, todos recordábamos al detalle todo lo soñado. Algunos de los sueños que tuvimos durante el recorrido se habían ido cumpliendo tal coma los habíamos soñado, pero lo soñado aquella noche hablaba exactamente de lo que viviríamos aquel día. Al levantarnos aprovechamos de la cercanía del río para bañarnos en sus heladas aguas, para quitarnos así el polvo del camino acumulado sobre nosotros durante los días de viaje, pero para no enfriarnos nos frotábamos el agua en el cuerpo.

    Nos encontrábamos hasta ese momento en buenas condiciones a excepción de Javier, quien durante el trayecto se indispuso estomacalmente al cometer ciertos excesos con las viandas facilitadas por el grupo de Cuajone. Hicimos los preparativos finales para iniciar nuestra caminata hacia nuestro destino; dejamos parte de las provisiones a Javier, quien no nos acompañaría, quedándose en la campera. Seguimos la dirección señalada por las naves y la flecha en las nubes, subiendo hasta una altitud de 4600 m.s.n.m. con el equipo en las espaldas. Llegamos a lo alto del primer cerro al que por sus extrañas características rocosas se le llama en la zona "Mugototo", allí nos detuvimos a descansar y a secarnos el sudor que chorreaba par nuestras frentes y espaldas, entonces más de uno tuvo que dar un brinco de susto y sorpresa para librarse de la mordedura de pequeñas viboras que había entre las piedras.

    Reiniciamos la marcha después de descanar hacienda ejercicios de respiración, mientras seguíamos caminando por las cimas de los cerros, a veces descendiendo para cruzar pequeñas quebradas, en la medida en que avanzábamos nos íbamos liberando de gran parte de nuestra ropa ya que el sol implacable nos quemaba. En el siguiente descanso hicimos una meditación en la cual visualizamos a un anciano que nos hablaba diciéndonos cuanto faltaba para Sillarhuasi. Era improbable que alguien pudiera estar en aquellos parajes tan desolados y a tal altura, pero pensamos que tendríamos la oportunidad de verificarlo.

    El excesivo calor, el polvo y la altura nos empezaron a debilitar en la medida en que adelantábamos; los zapatos nos parecían hechos de plomo y las mochilas poco a poco lastimaban nuestros hombros sacándonos sendas ampollas.

    A mitad del camino apareció una persona y ¡ era un anciano ! pero campesino. Y estaba solo en medio de la nada, viniendo directo hacia nosotros. Lo saludamos y le hicimos algunas preguntas, pero al ver que sólo hablaba el Quechua, dejamos que fuera Chingolo quien tratase de entablar la comunicación con él, ya que dominaba el idioma. El anciano en su conversación nos previno de los peligros de la gente de Velille, donde según afirmó, hay mucha maldad. También dijo que Sillarhuasi no quedaba lejos y que debíamos subir la montaña más alta que estaba al frente nuestro. Por un lado nos alegró saber que no faltaba mucho pero por otra parte nos abatía el ánimo saber que teníamos que ascender aún más. Aprovechamos en aquel descanso para almorzar e invitar al anciano, el cual se veía que estaba masticando hojas de coca. Al comentarle sobre las luces de las naves que en aquella zona se ven, él sonrió señalando hacia Sillarhuasi diciendo: "Cunuñunun Illapantac", que quiere decir que allí los espíritus de la montaña producen truenos y relámpagos. Nosotros lo interpretamos como aquellos resplandores que se ven cuando las naves aterrizan o los fogonazos que proyectan sobre lugares a los que se irradia. Esto confirmó que aquel era el lugar al que teníamos que ir. En lo alto de aquella meseta nos sorprendimos al hallar una gran cantidad de dólmenes y menhires similares a los del Paleolítico europeo que inexplicablemente se hallaban allí.

    El anciano se despidió de nosotros hablándonos de los gentiles que movieron aquellas piedras poniéndolas unas sabre otras como grandes mesas, para señalar sus tumbas, en éste sentido sí se mantuvo bastante misterioso. Nos dijo que tenía su pequeña chacra o ranchito bajando por entre la quebrada con alga de ganado, sintiéndose muy halagado si acaso lo íbamos a visitar a nuestra regreso, para así saber que nada nos habría ocurrido. Le regalamos algo de combustible de nuestra cocinita de campaña y se marchó muy contento.

    Descendiendo unos cien metros nos situamos al pie del cerro que nos separa finalmente de Sillarhuasi y como ya la tarde empezara a enfriar nos detuvimos a establecer allí el campamento. Vimos entonces que Aurelio, que hacía rato que se quejaba de náuseas y mareos, se había puesto mal con el "soroche" o mal de altura, para cobijarlo armamos la carpa y lo introducimos en ella haciendo que descansara mientras chupaba un limón y le frotábamos con agua fría la nuca, para luego hacerle imposición de manos.

    Una vez instalados, alistamos la cocinita y preparamos algo caliente para compartir; organizado todo me separé del resto para meditar, porque en aquel momento necesitaba estar solo. Pensaba en Javier que se había quedado en la campera, y también en Aurelio que se había puesto bastante mal. Reflexionaba entonces, si todo aquel esfuerzo, sobrehumano, que nos había llevado al último rincón de la Tierra, valía la pena y si lo valía, ¿cuál era el sentido del mismo? Me preguntaba, ¿Qué estábamos demostrando en aquella oportunidad?. ¿arrepentimiento, disposición, entrega, amor propio?, ¿Qué?. No me podía contestar objetivamente porque también me sentía abrumado por la fatiga y angustiado por la preocupación y el cansancio excesito. Recordé entonces, un sueño que había tenido varias noches antes: en él se me preguntaba si mi disposición sería hasta el final, a lo que no respondí a mi imprecisable interlocutor. Allí en aquel momento, quisiera o no, tendría que responder.

    La angustia fue aumentando en mi ser de una manera incontrolable que sentí la imperiosa necesidad die culminar de inmediato el ascenso, por lo que, liberado de todo peso comencé a ascender desesperadamente por la montaña. Los demás, intrigados al verme, solo atinaron a seguirme quedándose en el campamento Aurelio y Agustín. Duró cerca de treinta minutos el ascenso, llegando arriba poco antes de las seis de la tarde. En la cima de Sillarhuasi había un malecón con muros de piedra desde donde se podía contemplar una quebrada inmensa y una cadena de cerros con grandes manchas blancas que son las canteras de sillar. Mirando a la lejanía me pareció encontrarme solo ante el Creador, de tal forma que su mirada podía penetrarme directamente hasta el corazón y el alma y, sentir como auscultaba mis sentimientos e ideas en la mente. Todo lo podía ver, por lo que me sentí avergonzado de mi imperfección. Caí de rodillas envuelto en lágrimas viviendo una inenarrable experiencia interior en la que podía perdón por todos los errores y agradecería la paciencia sin límite a los defectos demostrados hasta aquel instante. De un momento a otro sentí como si un gran consuelo y paz me hubiera embargado, un viento suave y fresco agitó mis cabellos sobre el rostro, motivándome a levantarme. Al voltear encontré a Rubén y Rafael quienes al verme me abrazaron comprendiendo e intuyendo la intensidad de aquel momento. Al descender de la montaña, lo hicimos renovados y fortalecidos, como si hubiésemos sido limpiados y purificados por una energía, que como agua, dejaba tal sensación en nosotros. A lo lejos se efectuaba una puesta de sol soberbia, la cual estaba igualmente contemplando Javier envuelto en lágrimas, desde el camión. Habíamos sido conmovidos y remecidos por igual fuerza todos, hasta Aurelio, pues en el momento en que llegamos a coronar la cumbre de Sillarhuasi, sintió una marcada mejora en su estado; sintiéndose sobrecogido por una vivencia extraña. Muchas serían las personas en Lima y en el interior, que pendientes de nuestra aventura, sin saber la fecha y hora de llegada, sintieron exactamente el momento en que se logró lo que fue calificado por todos, como una hazaña de trascendencia para la Misión. Habíamos llegado a Sillarhuasi precisamente el 31 de Agosto, a las 6:00 p.m., sin que fuéramos conscientes del calendario que sería confrontado después. Ya de regreso al campamento conversamos con Aurelio y Agustín que se habían quedado, alegrándose mucho de saber los detalles de la llegada al lugar con lo que suponíamos, se había culminado el objetivo del viaje.

    A la mañana siguiente, sacamos la capa de hielo que había sobre nuestra carpa y sobre los plásticos que cubrían las bolsas de dormir, tomando un reconfortante desayuno y alistando las cosas para regresar al lugar donde se encontraba Javier. El retorno fue rápido porque la ruta era conocida, además Rafael había previsto el uso de brújula y altímetro; Aurelio estaba del todo repuesto después de haber descansado.

    Había en nosotros una incomprensible plenitud que iba más allá de la mera satisfacción por culminar una empresa. Y en la ruta de regreso, ya de noche, una gran nave descendió a 100 metros de la campera en que viajábamos emocionando comprensiblemente a Daniel, quien era la primera vez que veía tan de cerca una nave extraterrestre; toda la nave aparecía iluminada por luces blancas y azules y tenía una forma de plátano, además lanzaba potentes haces de luz. En cuestión de un minuto, nuevamente ascendió para marcharse a gran velocidad. Lo tomamos como una confirmación a nuestro esfuerzo y como respaldo de los Guías en aquel momento.

    Antes de retornar a Lima, pasamos unos días de descompresión en Cuajone, donde en reunión con los grupos de ese lugar, los Guías dieron un mensaje, en el cual Oxalc mismo, se despedía de nosotros manifestándonos que nos había seguido durante todo el viaje y había estado en la nave aquella que apoyó nuestro trabajo, pero en aquel momento, era importante que por un tiempo indefinido nos dejara, lo cual haría poniéndonos en las manos de otros Guías hasta que pudiéramos recuperar el tiempo perdido y maduráramos todo lo vivido.

    Llegamos a sentir tan claramente el alejamiento de Oxalc durante los siguientes años, que especulamos que nuestro Guía Mayor iba a desencarnar. Con el tiempo nos enteraríamos que en ese período de la Misión; Oxalc estuvo colaborando en la Regencia, dentro del Consejo de Gobierno, en un lejano sistema solar.

    Llegó 1977 y con este año nuevas etapas de grandes voces dando a conocer nuestro contacto mediante una revista especializada en hechos extraños llamada "Lo Insólito", que salió en circulación en aquel entonces la misma que logró gran aceptación a nivel nacional con un tiraje mensual de 60,000 ejemplares, con conexiones a nivel internacional.

    Esta revista dirigida por nuestra gran amiga Zizi Ghenea (célebre por su artículo "Extraño muy extraño"), se interesó en dar a conocer nuestras experiencias de contacto y nos ofreció publicarlas a través de reportajes continuados realizados por nosotros mismos, extrayendo los textos del Informe del Contacto que fue siempre la orientación oficial de la Misión. Por aquellos artículos que tanto interés despertaron en la gente, no recibimos pago alguno ya que tal fue nuestra decisión y acuerdo con Zizi, porque no podemos cobrar por el conocimiento de está Misión de amor.

    Mucha gente llegó en aquel entonces a Rama debido a ese estímulo y muchos fueron los que colaboraron para que la Misión continuase como al principio.

    El año 1978 fue lleno de variados altibajos a nivel Misión ya que se sabía que el trabajo era personal, pero a realizarse en contacto con los demás.

    Los Guías no dejaron de repetir desde 1974 la necesidad de la vida en comunidad, y aún así, nuestra respuesta seguía siendo dar la espalda al compromiso por temor a que nos pidieran lo mejor de nosotros mismos. Posteriormente se generaría en el seno de la Misión, intentos de vivencia comunitaria, todos ellos muy positivos por la experiencia que se ganaría.

    Se dijo más de una vez que Rama acababa, que acabó o que acabaría; se cerraron grupos una y otra vez, abriéndose otros al poco tiempo. Todo este desorden provenía de que no sabíamos claramente aún, que era Rama. A diferencia de cualquier otro grupo que suele buscar adeptos o sobrevivir permanentemente, Rama en la medida en que culmine como Misión, habrá cumplido su función integradora. Rama habrá de culminar para que todos los que en ella participemos nos confundamos con el resto de la humanidad en una empresa de solidaridad, en la que el amor corona el máximo sacrificio de la muerte del ego personal, pero la Misión terminará como empezó para cada uno, en un momento distinto.

    El año 1979 fue un año de trabajo masivo, ya que las salidas no bajaron de doscientas a trescientas personas, a las que se dieron las iniciaciones conocidas del Nombre Cósmico, Cristales de Cesio y las experiencias del Xendra Gimbra.

    Tanto fue nuestro deseo de compartir, que cometimos una y mil veces el error de derrochar lo que no era nuestro; es cierto que gratis lo recibimos y así igualmente lo dimos, pero debimos haber sido más cuidadosos, porque por darlo así como se dio, le quitamos gran parte de su valor, no enseñando a aquilatar lo recibido.

    Cuántos errores se cometen por tratar de amar, porque no basta amar, pues hasta para amar hay que aprender. Por demorar demasiado la dependencia de grupos, nos descuidamos cada cual del aspecto de realización personal. Nada dá, quien nada tiene, y uno no puede ser luz de los demás, sin antes serlo de sí mismo.

    El año culminaría con la preparación para el contacto físico, según comunicaciones que citaban una "Evaluación general de los grupos", para que una parte representara a todo el resto en una salida donde los asistentes sumarían un total de 240 seleccionados, ni más ni menos. Las personas encargadas de tal evaluación en base a la visión del aura, serían los instructores de las decenas de grupos existentes. Los Guías habían exigido que nuestro celo fuese mayor que nunca para que la indisciplina e inconsciencia no echaran a perder esto que se consideraba el paso más trascendental en la Misión después de muchos años.

    El trabajo aquellas semanas fue arduo y constante, evaluando auras, explicando a los grupos la naturaleza de la experiencia que requería mucha humildad y disciplina, sobre todo, que si el caso era que estábamos en condiciones de ir, no debíamos bajo ningún aspecto creernos mejores que el resto, lo cual saría una prueba dura de soberbia, mientras que al no ser seleccionados deberíamos resignarnos, comprendiendo la necesidad de prepararnos mejor para nuevas oportunidades y no actuar dolidos en la vanidad, como por despecho. A fin de cuentas era una prueba muy dura preparada por los guías para todos, y no todos la sabíamos enfrentar. Era una señal que el tiempo se acortaba y había que saber con quiénes realmente se contaba.

    El lugar de la salida se mantuvo en secreto hasta el día anterior a la fecha citada por los Guías, pero por necesidades de movilidad se tuvo que informar a tres personas exigiendo de ellos guardar discreción. Sin embargo, a las pocas horas, ya el lugar estaba de boca en boca sin control alguno. Al día siguiente las 240 personas seleccionadas debían reunirse a 5 kilómetros de la entrada al lugar, el cual aún distaba casi 18 kilómetros de la carretera; por falta de previsión e inexperiencia faltaron movilidades y las pocas que habían tuvieron que hacer varios viajes con el consiguiente malestar e incomodidad. Ya en el lugar la gente se encontró con el desorden generado por la llegada de los grupos y los instructores, ante la ausencia del coordinador general de la salida que era yo, (recién llegue al final, cuando ya no faltaba nadie), no ponían orden, es más dejaron que todo el mundo ingiriera alimentos exageradamente cuando los Guías habían precisado trabajos y ayunos ni bien llegados al lugar.

    Una vez en el sitio, una gran explanada al pie de la caída de un antiguo aluvión, entre cerros pelados bien altos, observé a todos los allí reunidos, había gente que se había "colado", es decir, que no debía estar allí, y muchos otros habían faltado, pues tuvieron cosas más importantes que hacer que ir a una salida. No podía creer que estando tan cerca de una experiencia tan importante y trascendental para todos, estuviésemos a la vez tan lejos del estado óptimo. Sentía ganas de retirarme de allí y no esperar hasta la noche, porque veía que no merecíamos el esfuerzo de los guías, porque, si en las pequeñas indicaciones estábamos fallando clamorosamente, como sería si se nos confiase el plan definitivo de Misión Rama.

    Nuestra indisciplina hacía presagiar el fracaso de la salida, pero aún así preferí quedarme hasta el final y soportar la incomprensión de los concurrentes y el devenir de los acontecimientos. Aquella noche los Guías estuvieron allí pero no descendieron. Nadie quería aceptar que no merecíamos vivir la experiencia, ya que no habíamos cumplido con lo mínimo, con lo que de nosotros dependía. Aquella tarde de preparación previa, por los alimentos ingeridos, muchos hasta se habían quedado dormidos. Fue una gran lección que nos remeció a todos y sirvió como un cernidor para que pocos siguieran, pero conscientes de lo que de ellos se esperaba.

    En el año 1980 se dio con mucha fuerza un fenómeno de repetición periódica, apareciendo al interior de la Misión un "grupo" que empezó por considerarse especial, elegido, el que más antes tomó conciencia de su rol y de la identidad de cada uno de sus miembros. Este grupo termina aislándose, creando situaciones muy especiales, entre las cuales estaba el pensarse grandes maestros o apóstoles vueltos a encarnar, así como creer que en sus manos se encontraba exclusivamente el futuro de la humanidad. En ese año empezó a surgir uno, en el que nos vimos complicados aquellos que anteriormente más lo combatimos, de allí su peligro. Se empezó con comunicaciones vedadas por las Guías, sobre todo de carácter psicofónico; todas ellas desembocaban en un supuesto fin de la Misión para Agosto de 1980, fecha en la cual debíamos recibir sellos y el libro mismo de las Vestiduras Blancas. Todo esto se realizó entre un limitado grupo de personas convencidas de su participación en algo grandioso, en lo cual no había habido ninguna manifestación de los Guías, sólo decenas de comunicaciones y un excesivo misticismo.

    Teniendo como escenario los arenales de Chilca, participaron algunos grupos del interior, algunas personas de Lima y del extranjero; sufriendo una fuerte frustración al no darse nada de lo prometido, ni siquiera avistamientos. No faltaron las justificaciones, pero el desconcierto fue tal, que estallaron los ánimos. Más de uno basándose en el arraigo que poseía dentro del grupo, quiso orientar las explicaciones, hasta que al final encontraría una, que dejaría a todos conformes y hasta crédulos de haber vivido algo incomprensible a niveles sutiles, aún cuando concientemente todos sabían que nada había ocurrido. Tanta fue la frustración general y la soberbia, que llegaron a pensar que las copias que tenían de una traducción del libro de los Orígenes de la Raza Adámica y Origen de todas las cosas (similar procedencia Thedra), además de todas sus comunicaciones, eran el Libro de Los de la Vestidura Blanca.

    Algunos pudimos reaccionar a tiempo y sobre todo, replantearnos el camino, como para que asumidos todos los errores, pudiéramos seguir caminando, aún a pesar de haber sido gestores de tan desatinada desviación de la Misión.

    Las implicancias a nivel Misión, fueron serias; en España muchos grupos fueron alcanzados por esta crisis, especialmente por el "Gran Mensaje", manifiesto enviado por este grupo a todos los demás, en el que claramente dejan ver las contradicciones fundamentales con el total proceso Rama. En él afirman el fin de la Misión y comienzo de la Misión de Humanidad.

    A pesar de todos los grandes tropiezos, errores y faltas que se han dado a lo largo de este tiempo, se ha seguido trabajando, tratando de valorar la experiencia frente a los errores, para así cerrar filas evitando caer nuevamente en la trampa de la vehemencia y la vanidad que nos hacen perder todo contacto con la realidad.

    Se siguió con la proyección social, tratando de realizar en forma práctica el camino espiritual, pero cualquier trabajo comprometido en pro de los demás, resultaba poco para las necesidades internas que pedían un compromiso mayor, pero con conciencia de la libre opción personal.

    Fue en Enero de 1981 al cumplirse los 7 años de Rama, en que, aprovechando de la gran reunión international realizada en Chilca, nos planteamos seriamente el trabajo y el instrumento de información director o sea, la comunicación que fue desde el principio el puente de contacto entre el Universo y esta Humanidad en tránsito. Con responsabilidad tratamos de aprovechar todo lo vivido, enfocando las metas de acuerdo a los objetivos de la Misión, para lo cual se releyeron comunicaciones para estar seguros de los pasos a tomar y saber todo lo que por omisión habíamos descuidado.

    A los pocos días del mes de Febrero, se recibieron comunicaciones que respondieron a todas nuestras inquietudes, es más, planteaban al igual que a la de los 7 puntos (recibida en 1980), pautas claras para el trabajo último de Rama. Explicaban el por qué de todo este tiempo de desorientación y con crítica constructiva, analizaban todas nuestras realizaciones. A partir de esa y otras, la Misión dio un giro muy positivo, replanteando el primer objetivo para el final de la Misión, "La Comunidad''.

    Hubo un grupo que siguiendo el camino y la huella iniciada por las comunidades urbanas, quiso asumir el trascendental paso hacia la vida comunitaria, allí donde tiene sentido posible, en el campo, Así la decisión fue unánime, empezar a trabajar hasta que se diera la vivencia comunitaria definitiva.

    El lugar de la primera comunidad rural Rama. vino por sí solo, fue una hermana de los grupos de Arequipa, quien lo ofreció especialmente a estas personas la misma noche en que se tomó la determinación de ir a la comunidad donde se diese. EI lugar resultó una hacienda que hacía tiempo se encontraba descuidad debido a las sequías; un fundo en el distrito de Bella Unión, provincia de Caravelí, Dpto. de Arequipa. Un lugar especial entre olivos, que, como dijeron los Guías y se cumplio: ". . . por encima de todas las dificultades. correspondía ésta a vuestras necesidades mínimas vitales y máximas espirituales" (Sampiac 5-3-81).

    A raíz de esta decisión, se despertó una gran inquietud generalizada hacía la vivencia comunitaria en los grupos.

    Los Guías hablaron de la posibilidad del último año para Rama, es decir que podíamos culminar el plan con un esfuerzo concentrado y continuo, señalando este año como la mejor oportunidad para realizar los objetivos integradores.

    En 1981 por condiciones cósmicas y karmáticas se volvía a repetir el año Semiótico. De un momento a otro era como si 6 años no hubiesen pasado; nos encontrábamos de nuevo ante el año 1975 y con igual oportunidad de concluir la Misión. Estábamos a las puertas de la Décima Campanada del Anrrom, o sea, los 10 años más críticos para la humanidad decadente, y no había tiempo que perder, era ahora o nunca, ya se nos había esperado bastante; estar inconscientes ahora sería un suicidio espiritual, sería condenarse a estar pasivo en pleno y definitivo tránsito del plano hacia la cuarta dimensión.
     
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