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    LA HERMANDAD BLANCA
    bookFecha: Lunes, 2013-11-11, 4:49 AM | Mensaje # 1
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    http://www.legadocosmico.com/articul....gnorada


    LA HERMANDAD BLANCA


    Hablar de una magna civilización habitando en las profundidades de nuestro planeta sacude la mente del lector escéptico. Y quizá el cuestionamiento más fuerte se base en la misión espiritual de estos esquivos seres intraterrenos: ayudar al hombre en su trayecto hacia el infinito. Pero, ¿por qué? ¿Quiénes son? ¿Cuál es su origen?

    Los maestros invisibles


    En la historia de diferentes pueblos de la Tierra encontramos claras insinuaciones a esa morada interior, un lugar secreto donde se reúnen los Rishis o Mahatmas, seres supra-humanos que sólo permiten el ingreso a su mundo a los que han sido “llamados”. Es en Oriente, donde existen mayores referencias al reino subterráneo. Es así por cuanto según las leyendas tibetanas fue en el desierto de Gobi (Mongolia) donde se estableció el primer centro físico de la Hermandad Blanca, conocido más tarde con el nombre de Shambhala, ciudad principal del entramado intraterrestre de Agharta.



    Arriba: representación de un "guardián" de la Hermandad Blanca, protegiendo la entrada de un santuario en la selva.


    Aquel nombre ya no es extraño para muchos. También llamada Shangri-La, el centro supremo de los Maestros invisibles, fue abordado en una película de gran impacto basada en el libro “Horizontes Perdidos” del novelista James Hilton. El mensaje llegó a muchas almas. Pero la búsqueda de Shambhala se remonta décadas atrás.

    Diversos exploradores han ido en pos de ella, rastreándola en las arenas del Gobi o en los mismísimos Himalayas. Y aunque no todos tuvieron éxito en dar con su paradero, hallaron indicios inquietantes de su función y de los seres que la habitan.

    Quizá una de las experiencias más célebres con Shambhala sea la de Nicolás Roerich, explorador y artista ruso que emprendió en los años 20 una expedición al Tíbet y al Asia Central. Allí fue invitado a conocer el reino subterráneo. En 1926, Roerich contempló en pleno día un objeto dorado, como si fuese una esfera (o posiblemente un disco), reflejando la luz del Sol mientras surcaba imponente los cielos de la cadena montañosa del Altai-Himalaya. Los lamas que le acompañaban, sin sorpresa alguna frente a este hecho extraordinario, aseguraron que se trataba de un signo de ¡Shambhala! A nosotros tampoco nos sorprende, ya que los visitantes celestes cumplen funciones de vigilancia y observación en las proximidades de un Retiro Interior.

    El objeto, finalmente, desaparecería tras las montañas de Humboldt, mientras la caravana que acompañaba al explorador europeo intercambiaba con evidente entusiasmo el portento que habían presenciado. Durante el avistamiento, tanto Roerich como los lamas percibieron un perfume especial, como a flores, un fenómeno que acompaña muchas veces las experiencias de contacto.

    Para dar una rápida idea científica de ello, digamos que el ser humano genera normalmente una vibración entre 62 Mhz y 68 Mhz. Por ejemplo, si nuestra frecuencia disminuye tan sólo a 57 Mhz, podríamos estar inmunes a un resfrío. Minuciosos estudios de aroma-terapia concluyen que en esta escala de vibraciones la más alta es la emanada por la fragancia de la Rosa, que puede llegar a alcanzar los 320 Mhz. Dicho de otro modo, estos “perfumes” sobrenaturales que se perciben en las experiencias de contacto son en realidad ondas de elevada calidad vibratoria, que se han dejado notar, incluso, en las propias apariciones marianas.

    Definitivamente, Roerich vivió un encuentro cercano mientras se dirigía hacia Shambhala, donde debía dejar una misteriosa piedra que cayó del cielo.Él iba en busca de “La Torre del Rey”, presuntamente ubicada en pleno centro de la perseguida Shambhala. Su viaje, más allá de procurar enfrentarse cara a cara con los Mahatmas, era devolver una extraña piedra negra a la Torre que permanece encendida eternamente por una luz “de otro mundo”.

    Ya he hablado de esa piedra en otros artículos de este sitio web: la piedra de Chintamani ―como se le llamaba― era parte de un cuerpo mucho mayor que "llegó del cielo", actualmente escondido en el desierto de Gobi. Se dice que esa piedra tiene propiedades misteriosas, como ser capaz de activar la telepatía, o efectuar una transformación de la consciencia a las personas que tan solo estuviesen en contacto con ella. Curiosamente, la piedra negra de la Kaaba en La Meca y la piedra que se encontraba en el otrora templo de Cibeles ―la diosa Madre de Oriente Próximo― habrían sido también parte de ese meteorito mágico.

    Para dar una idea de esto, en su libro Bêtes, Hommes et Dieux (1924) M. Ferdinand Ossendowski ya mencionaba la piedra de poder que habría sido enviada en tiempos antiguos por el “Rey del Mundo” ―cabeza espiritual de Shambhala― al Daläi-Lama, transportada después a Ourga, en Mongolia, para luego desaparecer súbitamente por cerca de cien años. René Guénon, en su obra “El Rey del Mundo” (1927), relaciona, acertadamente, este enigma con la mentada lapsit exillis, la piedra caída del cielo, sobre la cual aparecían “inscripciones” en ciertas circunstancias, y que es identificada al Grial en la versión de Wolfram d’Eschenbach. Sea como fuere, los Iniciados piensan que el origen de aquella extraña piedra se encuentra en Orión.

    Según los relatos lamaístas, cada vez que la humanidad se enfrenta a una nueva misión espiritual, se envía un fragmento de esta piedra de Chintamani a la superficie, y vuelve a Shambhala cuando la misión, ha finalizado.

    El establecimiento de la luz


    Shambhala fue fundada hace miles de años por 32 visitantes celestes o “mentes cósmicas”, al ver que la oscuridad se cernía sobre el planeta. A estos “Maestros de Luz” se habría referido Thot el Atlante en las Tablas Esmeralda, cuando menciona:

    “Treinta y dos están allí de los hijos de la luz, quienes han venido a vivir entre la humanidad buscando cómo liberar de la esclavitud de las tinieblas a los que estaban atrapados por la fuerzas del más allá...”

    La nave estelar que trajo consigo a los 32 mensajeros para establecer Shambhala ―en el actual desierto de Gobi― se hallaba diseñada, en realidad, para 33 navegantes espaciales. Cada Maestro era representante de una civilización cósmica. Empero, como la civilización 33 dentro del orden espacial (que corresponde a la Constelación de Orión) se hallaba en medio de un conflicto bélico interno, la Jerarquía no permitió que viniese un representante de aquel cúmulo de estrellas por razones más que evidentes, quedando así, al ser humano, reemplazar a Orión como la civilización número 33. Ello sucederá cuando la Tierra ascienda finalmente a la esfera superior que desde un principio le ha sido reservada. He aquí, pues, el simbolismo de “devolver” la piedra de Chintamani o la “Piedra de Orión” a Shambhala, con su significado intrínseco de reestablecer a través de la luz un orden interrumpido.

    No en vano, el número 33 se encuentra inmerso en la vida del ser humano. No en vano, Jesús, el “Humano Supremo”, vivió su muerte y resurrección a la edad de 33 años.

    La Clave 33 representa la victoria espiritual a través de la lucha de opuestos, que nos conduce a sellar nuestra sagrada misión como raza humana. El simbolismo de esta “lucha interior” se aprecia también en el Bhagavata Purana, texto antiguo de la India, que reza:

    “Los dioses aparecieron en sus respectivos vehículos voladores para presenciar la batalla entre Kripakarya y Arjuna. Incluso Indra, el señor del cielo, llegó montado en un vehículo volador espacial con capacidad para treinta y tres seres divinos”.

    Ya en mi primer libro, “Los Maestros del Paititi”, había hecho amplia alusión a las tradiciones y leyendas de diversos pueblos del mundo que hablan de Shambhala y los maestros del mundo intraterrestre. El tiempo no ha borrado el recuerdo de su existencia en el Asia Central y sus ramificaciones en el mundo.

    Por ejemplo, los hindúes la conocen como Aryavarsha, la tierra de donde provienen los Vedas. Los chinos la llaman Hsi Tien, “El Paraíso Occidental de Hsi Wang Mu”, la Gran Madre del Oeste. Los antiguos creyentes rusos, para dar un ejemplo europeo no tan conocido, la llamaban Belovodye, en pleno Siglo XIX. Muchos pueblos de la Tierra piensan inclusive que Shambhala es la fuente de donde proviene su religión, ya fuese el hinduismo, el budismo o el taoísmo ―el mismísimo Lao Tzu creía en Shambhala, aunque la llamaba “La Tierra de Tebu”―. Además, antiguos textos tibetanos la mencionan abiertamente como una realidad física-espiritual. Libros como el Vaidurya Blanco, los Anales Azules, la Ruta hacia Shambhala y la Esfera de Shambhala ―todos escritos por Lamas― han disparado el misterio en occidente.

    Dando una rápida mirada a textos antiquísimos, hallamos en la Epopeya de Gilgamesh que el legendario héroe sumerio visita a su antepasado Utnapishtim en el “interior de la Tierra”, el mismo lugar donde Orfeo buscaría el alma de Eurícide. Miles de años más tarde, el propio Cristobal Colón, durante su viaje a América, habría escuchado historias de “enormes pasadizos subterráneos” cerca de las Antillas. Supuestamente, el navegante genovés oyó estos relatos en el Caribe, allá por el año 1493.

    Explorando las tradiciones de la India, encontramos claras alusiones a esos Reinos Perdidos que evocan la conexión con Shambhala. En el sagrado Kalapa ―al norte del Himalaya― habitarían los grandes Yoguis, hombres con facultades sobrenaturales y pertenecientes a una hermandad espiritual subterránea. En esta región existirían grandes montañas que otrora formaron parte de una misteriosa isla que se hallaba en el desierto de Gobi, pero cuando éste se encontraba cubierto por las aguas (?).



    En China las referencias a ese mundo oculto no son menos importantes: según Andrew Tomas, en su libro “Shambhala: oasis de luz” (1976), hace siglos los monarcas de Pekín enviaban a los montes Nan Shan y Kun Lun embajadas cuyo propósito era consultar a los espíritus de las montañas en las situaciones de crisis.

    Ello nos recuerda, sospechosamente, las antiguas costumbres de los incas de ir a las montañas para “hablar” con los Apus. Quizá no eran las montañas sino quienes habitaban en sus profundidades los que “respondían” a las consultas... Como para pensar un poco más nos hallamos ante el testimonio de un indio quechua que, alrededor del año 1844, le confió en agonía de muerte a un sacerdote peruano la existencia de un sistema de túneles bajo la cordillera de los Andes. Como analizaremos más adelante, la actividad de la Hermandad Blanca está concentrada ahora en América, como parte de un despertar colectivo planetario que será estimulado desde los Andes como en un principio se realizó en los Himalayas.

    Las referencias al mundo intraterrestre y sus enviados son apabullantes, desde la aparición de Melquisedec ―sacerdote del Altísimo según la Biblia― ante Abram, a la leyenda del Preste Juan, un presunto Emperador de las remotas tierras de la India, que despertó la curiosidad del Papa Alejandro III al enviarle una larga e intrigante carta, donde se describía el fabuloso Reino Interior.

    Desde luego, no sólo encontraremos interesantes informaciones referentes a esa morada intraterrestre en las tradiciones de antiguo; obras muy posteriores, muchas de ellas acariciando la inmortalidad, nos invitan a imaginar un mundo maravilloso bajo nuestros pies. ¿Quién no ha leído la fabulosa obra “Viaje al centro de la Tierra”? Julio Verne se aproxima considerablemente al secreto de los Retiros Interiores en dicha novela (publicada por primera vez en 1864). Cabe mencionar que el imaginativo escritor francés no dejaba los argumentos de sus libros al azar. Verne sabía muy bien lo que hacía, no en vano se adelantó varias décadas al desarrollo de los submarinos nucleares en “20.000 leguas de viaje submarino”, así como anticipó el alunizaje de 1969 en “De la Tierra a la Luna”.

    En el campo científico podría citar las investigaciones del erudito alemán Athanasius Kircher (1602-1680), quien en 1665 publicó un libro de geología donde sustentaba una Tierra hueca, llena de “agujeros subterráneos”. Kircher era un respetable jesuíta y polígrafo, considerado por algunos como el padre de la geología. Su amplio conocimiento de lenguas orientales y de jeroglíficos egipcios le permitió develar muchos misterios que lo condujeron a proponer arriesgadas teorías, sobre todo para su tiempo. Kircher tampoco fue el único, Edmundo Halley, John Cleve Symnes, y otros respetables científicos, llegarían a las mismas conclusiones. Sin embargo, ello no quiere decir que la Tierra sea hueca en la acepción literal que se le ha dado.



    Arriba: hay muchas imágenes dando vueltas en internet que sugieren la existencia de una Tierra Hueca con accesos a través de grandes hoyos en los polos. Pero nada de eso es verdad. Incluso, el hoy famoso Almirante norteamericano Richard Byrd, nunca habló de un mundo hueco y que habría estado dentro de él. En los años 30, el tema de la Tierra Hueca fue obsesión de la Alemania Nazi, pero tampoco se pudo demostrar. Una cosa es que nuestro planeta tenga inmensos túneles, y otra muy distinta, que esté hueco...

    Nuestro planeta está compuesto de cuatro capas principales: la corteza, el manto, el núcleo y el nucléolo. La corteza, básicamente conformada de granito y roca basáltica, tiene un grosor de 30 a 40 km. (mucho más delgada en las fosas oceánicas). Debajo de la corteza se encuentra el manto, que se extiende hacia adentro 2.900 Km., compuesto de silicatos de magnesio, hierro, calcio y aluminio. Y debajo del manto se halla el núcleo, que se cree debe estar constituido principalmente de hierro en estado de fusión. Finalmente, a una profundidad de unos 5.090 km. está el nucléolo, que es posible que sea sólido como resultado de la congelación del hierro bajo la extraordinaria presión de unas 3.200.000 atmósferas. Así pues, nuestro mundo posee un núcleo de metal sólido, hoy científicamente estudiado; y precisamente al estar compuesto fundamentalmente de hierro, es el responsable del campo magnético terrestre, que guarda relación con el propio Archivo Matriz del planeta o “Registro Akásico”, una suerte de cinta magnetofónica que graba todo cuanto ha hecho la humanidad.

    Los maestros de Shambhala accedieron a este “archivo” para copiarlo en planchas metálicas de ingeniosas aleaciones y cristales de roca, hoy protegidos en los diferentes Retiros Interiores.

    Estos Santuarios se hallan en la corteza, a pocos kilómetros de profundidad, pero lejos de visitas prohibidas que puedan ponerlos en peligro.

    Un gigantesco sistema de túneles

    Sobre este punto, considero respetuosamente, que la ciencia aún no está en capacidad de confirmar o desmentir la existencia de un reino subterráneo. Como vimos anteriormente, son miles de kilómetros los que separan la superficie de la Tierra de su centro; mientras que el pozo petrolero más profundo no llega aún a los 15 Km., lo que equivaldría a una débil picadura de mosquito en la corteza. Es paradójico que nos preocupemos más por investigar las insondables posibilidades del espacio exterior sin conocer los misterios que de por sí nos reserva nuestro propio planeta.

    Los Retiros Interiores de la Gran Hermandad Blanca se distribuyen en diferentes puntos del mundo, unidos todos por las fuerzas de la luz y al servicio de la humanidad.

    Para citar sólo algunos enclaves en América, podría citar: Erks, Talampaya y la "Ciudad de los Césares" patagónica, en Argentina; Aurora, en Uruguay; la Sierra del Roncador, Goias y Parauna, en el Brasil; Licancabur y el desierto de Atacama, en Chile; Lago Menor (Titicaca) y Tiahuanaco, en Bolivia; Paititi, Cusco, Marcahuasi y Hayumarca en Perú; la Cueva de los Tayos, Cajas y Llanganati, en Ecuador; Guatavita y Sierra Nevada en Colombia; Catatumbo, Caripe y Roraima, en Venezuela; Ciudad Blanca, en Honduras; Palenque, la Zona del Silencio, Tepoztlán y el Valle de las Siete Luminarias, en México; y por último, Monte Shasta, al norte de California, en Estados Unidos.

    Sin duda, en otras regiones del planeta se encuentran palpitando más centros internos de la Hermandad Blanca, como Montserrat, Compostela y el Pico Sacro, en España; los Pirineos (especialmente Monte Perdido) y el Bugarach, en el sur de Francia; la Península del Sinaí, en Egipto; Potala, en el Tíbet; los montes Karakorum, entre el Tíbet y China; en los montes Vindhya, al sur de la India; o el propio desierto de Gobi, en la Mongolia; y amén de otras moradas sagradas.

    Todos estos lugares se hallan unidos por túneles subterráneos. He tenido la fortuna de haber visitado la mayoría de ellos.

    En el caso de América, el gigantesco “pasadizo” se inicia en Monte Shasta, atraviesa México, penetra en Centroamérica, y hace su aparición en Sudamérica por Colombia; de allí continúa por el Ecuador hasta penetrar en el Perú; el inmenso túnel prosigue recorriendo las entrañas de Bolivia, Chile, y concluyendo en la Patagonia argentina (un acceso subterráneo se encuentra "tapado" bajo la gran meseta de Somuncurá, donde yace el cerrro sagrado). Sin embargo, tenemos sólidos indicios que de allí conectaría de alguna forma con la Antártida, donde mora un misterio de proporciones significativas.

    Una importante bifurcación de este gran túnel, conocido en tiempos antiguos como “El Gran Camino Inca”, se ubica precisamente en el Perú; así, se forma un verdadero entramado de galerías y caminos subterráneos que se propagan en otras regiones de Sudamérica, particularmente en Brasil.



    Arriba: el templo-fortaleza de Sacsayhuamán, en Cusco, Perú. Bajo sus grandes y desconcertantes moles de piedra, se ocultaría, según viejas leyendas andinas, el acceso a un inmenso túnel que se adentra hacia las selvas del Manú.

    La Hermandad Blanca


    Se dice que el nombre sánscrito “Shambhala” significa “lugar de la paz, de la tranquilidad”, denominación apropiada para la labor de sembrar la semilla de la luz en el mundo.

    La Hermandad Blanca es la propia fuerza de la luz polarizando el planeta, inspirando a diversos hombres y mujeres del mundo a encender su propia antorcha interior. Cual faro luminoso que guía las embarcaciones, el llamado de los Maestros estimula al caminante a descubrir su real “sentido” y “misión”, que aunque yace silente en algún lugar de nuestro interior, es sensible a esa activación si estamos prestos no sólo a escucharla, sino a asumirla, por cuanto requiere un compromiso para con la Humanidad.

    El establecimiento de la Hermandad Blanca en la Tierra, ha transitado por tres etapas:

    Etapa Estelar: Que involucra la propia fundación de Shambhala en el desierto de Gobi, la denominada “Isla Blanca”, como parte de una misión sagrada que atañe a la protección de la Historia humana y su destino espiritual en el concierto de los mundos.

    Etapa Mestiza: Supervivientes de reinos perdidos, como la Atlántida de Platón, habrían constituido la segunda generación de Maestros, llamados mestizos por ser fruto de la unión de razas cósmicas y humanas hace miles de años. Luego de la destrucción de la Atlántida ―catástrofe que se recuerda en las leyendas de diversos pueblos como el “diluvio universal”― aquellos “Noes” se refugiaron con los archivos de su avanzada civilización, que no supo conciliar la tecnología con la ciencia del espíritu, generando su propia destrucción que, además, desataría en el planeta entero una suerte de invierno nuclear debido al accidente cósmico que precipitaron (como veremos más adelante, el impacto de dos “lunas” sobre la Tierra). Por esta razón los supervivientes ―que se habían mantenido en la luz observando el inevitable ocaso de su cultura― eligieron las oquedades de la Tierra para protegerse y poner a salvo los Anales de las Antiguas Civilizaciones Prehistoricas.

    Etapa Humana:
    Aquellos que han sabido escuchar el llamado de la Hermandad Blanca, empezarán a constituirse en sus mensajeros o emisarios de luz. Hoy, la humanidad está llamada a integrarse a la Magna Obra, y modificar el futuro planetario sobre la base de la fuerza más poderosa que existe en el Universo: el amor.

    La Hermandad Blanca está activa, iniciando a los caminantes en su mensaje. Los senderos que conducen a sus Retiros Interiores, son variados y sutiles; sin embargo, ante los “ojos del espíritu”, se trata de un camino claramente definido, y que sólo puede ser transitado por un alma valiente que no tema vencerse a sí misma.

    Existen tres tipos de Retiros de la Hermandad Blanca:

    Retiros Interiores:
    Que señalan la morada subterránea de los Maestros. Aquí debemos mencionar que la mayor parte de los seres intraterrestres no poseen cuerpo denso; es decir, ya dejaron su envoltura material. Por tanto existen tanto Retiros Interiores físicos como sutiles. Generalmente el acceso a los Retiros Físicos es complicado, por cuanto se encuentran estratégicamente en lugares de difícil acceso. Los Retiros Sutiles, fundamentalmente, pueden ser conectados a través de la meditación y la proyección del Cuerpo Astral.

    Retiros Intermedios:
    Lo constituyen Monasterios ocultos en la superficie, como la antigua Hermandad de los Siete Rayos en los Andes del Perú. Por ejemplo, sabemos que al norte de Cusco, al este de Marcahuasi y al norte de Puno, se encuentran enclavadas aquellas comunidades secretas. Quienes forman parte de ellas son humanos, que voluntariamente se apartaron del mundo para adiestrarse en lo que bien denominan “Escuelas de la Sabiduría Eterna”. Se hallan en conexión con los Maestros intraterrestres y actúan muchas veces como emisarios.

    Retiros Externos:
    Son aquellos seres humanos que viven en el mundo moderno pero que, concientes de esta realidad, que los une a los Santuarios de la Hermandad Blanca, actúan como “infiltrados” en la sociedad para generar un cambio desde dentro. Los Retiros Externos están constituidos también por los estudiantes de la Luz, aspirantes de la Verdad Primera.

    Actualmente, los Retiros Interiores de Oriente se encuentran en un estado de “sueño”. América ha empezado a despertar y los Sabios Maestros de las ciudades intraterrenas se encuentran atentos, protegiendo los Anales de la Historia Humana y enviando la poderosa Luz del Conocimiento al planeta entero. Los grandes Maestros de Oriente conocen de esta activación, no en vano diversos Lamas han venido visitando diversos puntos de América para identificar las “Moradas Sagradas”, que palpitan bajo nuestros pies.
     
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